LOS ZOPILOTES: Caballos salvajes
¿Quién puede ponerlo en
duda? El “rock alternativo” ha puesto una pica en Flandes y se ha instalado en
la cresta de la corriente principal de la música pop. El espectacular suceso
que ha tenido en nuestro medio grupos como 4 Non Blondes y, en menor medida,
Soul Asylum y Radiohead no han hecho sino confirmar que aquí también existe un
amplísimo segmento de la audiencia juvenil dispuesto a dejarse llevar por la
despojada energía y el endurecido nervio del rock en su dimensión más esencial.
La muy buena acogida que ha tenido la banda local Los Zopilotes parecería
indicar, por otro lado, que la hora de los grupos peruanos “alternativos” o
“subterráneos” ha llegado.
En efecto, no deja de
ser sintomático el reciente lanzamiento de Lenguas Salvajes, primer álbum de
Los Zopilotes, una banda cuyo sonido hubiera sido, hace unos años, una patada
en el trasero de nuestros discjockeys y empresarios discográficos pero que hoy,
por obra y gracia del boom del rock alternativo, se convierte en apetecible bocadillo
comercial.
Porque digámoslo bien
claro; Los Zopilotes proceden de las canteras del “rock subterráneo”. De hecho,
dos de sus miembros —el guitarrista, cantante y compositor Carlos Fernández y
el saxofonista Miguel Salazar— fueron integrantes de Deckadas, una banda que
hacía una suerte de techno-dark y que llegó incluso a grabar, en forma
independiente, un cassette que circuló en el ambiente “subte” de hace dos o
tres años.
Los Zopilotes se forman
aproximadamente un año con los mencionados más Sergio Flores en el bajo y
Fernando Roca en batería. Y si algo ´puede decirse en favor suyo es que han
forjado un estilo con un método infalible: tocar una y otra vez en directo. De
esa manera, lograron definir un sonido que, indudablemente, tiene deudas
flagrantes con grupos tan disímiles como los Red Hot Chili Peppers, Maldita
Vecindad, Soup Dragons y Los Prisioneros, entre otros, pero que posee una gran
vitalidad, vehemencia y sentido del goce.
Guitarras palpitantes
que segregan adrenalina en cada acorde, una base rítmica impetuosa y sincopada
que no afloja en ningún instante, un saxo envenenado y poco ortodoxo, y una voz
que escupe fragorosas pero divertidas historias y fantasías adolescentes en
donde el sexo tiene un lugar protagónico (“Lenguas salvajes”, “Sígueme”, “Vamos
a tu casa”, “Dulce”), y uno que otro estribillo que podría convertirse en lema
generacional: “Deja mi cabeza tranquila”. Todo ello configura una banda
compacta y peleona cuyo mejor perfil se obtiene en el calor de una actuación en
vivo.
Una escucha más serena
y rigurosa, en cambio, revela los aspectos que Los Zopilotes deberán corregir
en el futuro. En primer lugar, la tendencia a repetirse que se traduce en
canciones a veces muy parecidas entre sí, alguna dificultad para redondear temas
planteados con imaginación, pero no resueltos de la misma forma; finalmente, la
comprensible propensión a plasmar por separado sus influencias en lugar de
meterlas a la licuadora y obtener una alquimia nueva.
Todas estas son
asignaturas que Los Zopilotes tienen pendientes. No hay nada de malo en ello.
Después de todo, es su primer álbum, y —salvo que piensen que su carrera se
juega en esta carta— habrá todavía mucho tiempo para madurar un estilo que,
desde ya, luce musculoso y vitaminizado. Al margen de ello, hay que subrayar
que Los Zopilotes puede ser quienes abran el camino para otros grupos de
sonidos igualmente punzantes. De ellos depende.
El Comercio, 3 de abril
de 1994
Fuente: Pedro Cornejo
(1994). Juegos sin fronteras: Aproximaciones al rock contemporáneo. Ediciones
El Santo oficio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario