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3 de enero de 2025

Fanzine COSTRA # 4 (julio de 1985)

 


Aquí estamos nuevamente con este fanzine. Ya estamos en 1985, aumentan los grupos y los festivales se hacen más frecuentes. Pero aparecen otras bandas que optan por trabajar en otro nivel, de una manera ‘subterránea’, buscando su propio espacio y su propia personalidad. Otras empiezan a mostrarse como un bluf que fue inflado por el hecho de querer ser pioneros en algo: un sonido, una pose, un estilo… Son pocos los que realmente asumen las salidas que proponen y es que, la sinceridad es un reto.

 

El fanzine COSTRA fue editado originalmente por gente vinculada a la No Disco, legendaria discoteca donde se bailaba al ritmo de los grupos de la new wave de moda. El cuarto número apareció tras dos largos años, esta vez con el auspicio de la discoteca No Helden.

La edición final presentó, entre una variedad de artículos, un reporte sobre el pop y sellos discográficos de España; y noticias sobre la edición de maquetas de grupos locales:

Y en Lima, intentos de producción independiente. El cassette que editó Narcosis; ahora están haciendo circular una edición mejorada del cassette original. También está el cassette conjunto que sacarán 4 grupos, entre los que se aseguran Guerrilla Urbana, Escuela Cerrada y Autopsia.

 

































Archivo hemerográfico de ANTENA HORRÍSONA


31 de enero de 2021

Música subterránea (12/octubre /1985)

 



Archivo hemerográfico de MEMORIA CRÍTICA


Tras la controversia ocurrida el 21 de setiembre en el bosquecito de Letras de San Marcos (“Denuncia por la vida”), algunos de los grupos invitados volvieron a pisar la ciudad universitaria para presentarse en un evento organizado por los estudiantes de la escuela de Comunicación Social de la facultad de Letras. Este afiche, tomado del archivo de Memoria crítica, anuncia, entre otros, a algunos grupos etiquetados como “subterráneos” y de la corriente folklórica. El concierto se hizo el 12 de octubre y tuvo como anécdota, de acuerdo a testimonios publicados en el libro Se acabó el show. 1985, el estallido del rock subterráneo, el sabotaje con el corte de energía eléctrica cuando Guerrilla Urbana finalizaba su presentación. 


23 de febrero de 2020

DEL PUEBLO: Música que camina por las calles (1985)


Piero Bustos, integrante de Del Pueblo habla sobre la propuesta musical de su agrupación, definida como “música-barrio”, imbuida por los sonidos y las historias que nacen en las  esquinas de la urbe. El compositor se manda con una crítica hacia algunos rockeros por un tema de autenticidad y representatividad.

Archivo hemerográfico de Antena Horrísona

DEL PUEBLO: 
Música que camina por las calles

La imagen de Wifala ha cambiado mucho en los últimos años y precisamente te presentas allá, ¿por qué?
Bueno, la verdad es que Wifala es un local que está en nuestra historia. Cuando todavía no nos habíamos aglutinado y éramos mangueros de Lima, frecuentábamos ese lugar porque tenía cierto carisma, esto al margen de las discrepancias que teníamos y tenemos con los dueños.
Este es un ciclo de recitales exclusivo para solistas, me llamaron para que participara como integrante de la nueva música que se está haciendo en Lima, pero con el grupo que integro (Del Pueblo) hemos decidido tomar el evento para presentar la música-barrio.

¿Cuál es el criterio que tomaron para remarcar el término música-barrio?
Sin muchos entretelones, te diré que nos identificamos con el barrio sin que esto signifique que lo tomemos como modelo de vida. Reivindicamos las locuras que caminan por todas las calles.
Ahora, si tú vas por cualquier barrio vas a escuchar en una casa un vals, sigues caminando y de otra sale un tema salsa, nunca falta el tipo en la esquina que escucha su rock y el hermano andino que recuerda su tierra y escucha un huayno. El resultado de vivir bajo este contexto hace que no reduzcamos nuestro panorama a un determinado género musical sino que busquemos liberar toda la energía allí presente.

Y ya que constantemente están pendientes de las manifestaciones que se movilizan por la ciudad, ¿qué hacen con el fenómeno chicha?
Simplemente lo saboreamos. La chicha tiene un desarrollo particular, diferente al nuestro, podría inclusive decir que es la verdadera música punk nacional, pues proviene de los sectores marginales. Y que escuchen bien esto los Benito Lacosta, los Leuzemia y los Scuela Crrada, meros seguidores de patrones de conducta que no tienen nada que ver con nuestra realidad nacional.

¿Entonces, el recital que preparan será una especie de manifiesto musical?
No tanto como eso, será un reencuentro después de casi 4 meses de estar sobreviviendo y desempeñando diversas actividades; el concierto tendrá dos partes bien definidas, una con nuevas canciones y la otra será una especie de antología.

¿Del Pueblo Del Barrio tiene algo que ver con ustedes?
Apunta, ese grupo no tiene nada que ver con Del Pueblo, es más, no existe, como propuesta porque todas las canciones que interpretan son mías, lo que ellos comercializan es una imagen desfigurada de una cantatopera que se llamó “Posesiva de mí”.
Nosotros los denunciamos públicamente como plagiarios e ineptos musicales, y aún más como incongruentes comparsas de Arturo Ruiz del Pozo y Raúl Pereyra.

Si todo el panorama es tan oscuro, ¿qué se está haciendo de relevante a nivel musical?
Inmediatamente no se ve nada, pero creo que se está gestando un movimiento muy importante, en el camino uno se encuentra con gente que hace arte auténtico y que no se preocupa demasiado de resbalar o caerse, arriesgan.
En lo musical, creo que hay que matar bastantes tendencias reaccionarias y snobistas, me identifico con los chicheros y allí paramos de contar.
En lo poético –porque lo musical tiene mucho que ver con esta corriente– es saludable la vitalidad de Jorge Pimentel, Jáuregui y toda la gente de Hora Zero, de la nueva hornada que nos parecen importantes: Santibañez, Ruiz Rosas, Mazzotti.
Sinceramente, en la música hay mucho pan que rebanar y el grupo Del Pueblo asume plantear esa lucha.

FUENTE
Del Pueblo: música que camina por las calles. (12 de marzo de 1985). En: Marka, p. 18.

20 de julio de 2019

Súper Concierto Ave Rok (1985)








NARCOSIS abriendo el Súper concierto Ave Rok
31 de mayo de 1985
Fotografía: Kid Oscarix






EL ROCK ACHORADO
Un pase de vueltas




Una pequeña masa de bárbaros se reúne, arremolina, en la puerta de ingreso a la Concha Acústica del Parque Salazar de Miraflores. Ante la mirada vigilante de unos mozalbetes rubicundos, armados de palos, extraen de sus bolsillos los billetes que les permitirán el ingreso al Súper Concierto Ave Rok que organiza la revista rockera del mismo nombre. Adentro se escuchan estridencias de guitarras eléctricas en agresivos punteos. Al trasponer la reja de hierro, otro jovencito catea a los que van ingresando. Ni botellas de trago ni objetos pesados pueden ingresar al concierto. Adentro la visión es de locura: en medio de luces fantasmagóricas y humo de colores, sobresalen tres muchachos: uno con una guitarra eléctrica, otro en el micrófono y atrás está el tercero, frenético con su batería. Es el grupo rockero “NARCOSIS”.
“Hay sucios verdes… que actúan por conveniencia… que defiende la decadencia… a los gobiernos y a los políticos de turno… ¡Sucios! ¡Sucios! ¡Sucios policías!”.
Con inusitada violencia, Wicho, el cantante de “Narcosis” canta el tema “Sucio Policía” y señala con el dedo hacia donde están las fuerzas del orden, en la cima del malecón, y sigue gritando fortísimo: “¡Sucios policías!. El sonido que se consigue, en base a sólo dos instrumentos, es muy aceptable para la línea de rock. “Son ruidos armónicos”, sentencia un rockero más bien intelectual, tronando los dedos y aspirando un cigarrillo medio sospechoso.
        La gente –nadie mayor de 20 años– delira con “Narcosis” y se dedica a gritarle de todo. “¡Mueran, mierdas!” ruge un mozalbete de unos 13 años, y todos sus amigos se retuercen de la risa. En el suelo hay evidencias de alegrías espirituosas: el vacío envase de vidrio de una “chata” de ron. “¡Muérete tú primero, concha de tu…!” exclama con desprejuicio Wicho desde el micrófono. Más chacota. Los muchachos de alrededores, normal nomás, como si estuviesen acostumbrados a tan peculiares relaciones públicas. Un sonido fenomenal y cesa el ruido. Aplausos.
        Ahora –anuncian desde el micrófono– un supertema de Sex Pistols (¿?): “Quiero ser tu perro”. Y se arrancan sin dilación: “Ahora quiero ser tu esclavo y hacerte daño… Ahora quiero ser tu perro… Quiero estar a tu lado…” y los muchachos enloquecen en el público. Una fría brisa marina refresca esta noche medio turbulenta. Los que estaban repartiendo mentadas de madre desde la platea, prosiguen en su afán, con grandes alaridos que se deben oír hasta arriba, por la pista donde circulan carros y microbuses a Lima. Decenas de jovencitos miran desde los altos, al haberles faltado dinero para el boleto de ingreso.
        Nadie se ha dado cuenta cómo, pero el rock filo-punk en español de “Narcosis” cambió de tema, pero no de línea. “Destroza las cadenas que te atan… mata al presidente y a todos sus ministros… levántate y sal de esta maldita marginación… destroza las iglesias y a sus sucios sacerdotes… destroza al terrorismo y su sucia agresión…”. Entre el humo y las luces (¿psicodélicas?) se nota una lluvia media extraña sobre el escenario: alguien, en el máximo de su inventiva para la gracia limeña, está arrojando botellas vacías de ron al escenario. “Narcosis” no se queda: devuelven las botellas con idéntica alegría. Aplausos para el rock de “Narcosis”.
        La virulencia de esta generación rockera no es nada nueva bajo el sol. A fines de los 60 se cuenta que Jim Morrison en un concierto de rock en Inglaterra, en el célebre grupo The Doors, se bajó los pantalones y empezó a masturbarse ante el público. En Woodstock, Ten Years After rompió sus guitarras eléctricas y las arrojó al público. En una onda nacional, por los mismos años, Pablo Luna de Los Yorks, se contoneaba espasmódicamente y rompió también algunos micrófonos. Pero hay que reconocer que la virulencia en este caso se ha triplicado por lo menos.
        Como fantasmagorías en el centro de la noche, surgen los chicos, algo mayorcitos, de “Del pueblo”, rockeros que hacen una fusión de rock con música nacional, pues usan quenas, zampoñas y charangos. Comienzan haciéndola larga. Inquietud entre los adolescentes marabuntas que están pifiando y mentando la madre de lo lindo. Los de “Del pueblo”, impávidos, como si con ellos no fuera la cosa, afinan sus instrumentos. Más gritos y mentadas de madre. Nada pasa. Cuando ya llevaban cerca de quince minutos en este plan y empezaba la variopinta lluvia de objetos contundentes sobre los músicos, arrancan con un tema.
        “Yo no quiero estudiar… yo no quiero trabajar… dame cinco lucas que estoy deprimido… y me fumo un tronchito… ” cantan en medio de la algarabía general. Mientras, uno de los integrantes del grupo se pasa cargando un inmenso “troncho” y otro llega atrás arrojando algo (¿qué será?) al público. Gran vacilón entre la audiencia. Terminando el primer tema en medio de gritos y susurros-, “Del pueblo” se arranca con la segunda de la noche. “Ven a mí, ven a mí, perdición… venganza, odio, codicia, violación, lujuria, gula, pereza…” y cuando se le acaban los vicios irrumpen, frenéticos: “¡Lucifer! ¡Lucifer!”. Toda una misa negra en rock.
        Como todo está en aumento –la tensión eléctrica recorre a los chicos– acaban con el número máximo: “La lucha armada atacando ya, la lucha armada del campo a la ciudad…” en una suerte de descripción de los apagones con bombazos y derribamiento de torres a los que nos vamos acostumbrando en la capital, pero sin el menor ánimo de ser apologéticos. Adelante, cerca al proscenio, hay algunas grescas. “Esto no es nada –nos informa un asiduo concurrente a los conciertos de rock–, en otros la cosa es peor”. Cada cinco minutos un grupo de los organizadores trata de bajar a quienes se quieren subir a mostrar sus ánimos sobre los músicos. Los mismos rockeros patean las botellas que ya están cayendo sobre ellos.
        El próximo grupo es el de Miki González. En sus temas, más limpios en el sonido, pero con parecida violencia verbal, cantan la falta de dinero de la gente, las redadas luego de los apagones, todo lo que está sucediendo a la ciudad en estos meses (Los milicos se reúnen, los terrucos también…”) haciendo notar que la violencia callejera ha quedado impregnada en el sentimiento de estos chicos. Hay dos morenos que tocan percusión en el grupo y que son crecientemente hostigados por el público. Hasta que algo cae a uno de ellos y se marcha. Miki grita por el micrófono: “Bueno, ya se fue el negro de mierda ¿van a estar tranquilos? Dejen de joder”. Hay risas y el concierto prosigue.
        Miki González tiene un tema que suena en la radio. Ese es el que exigen el respetable (¿?). Y lo instrumentan: “Soy como el patita de la televisión, que con dos chicas y con tanta propaganda voy a enloquecer…”. Se arma el despelote. Hay muchachos en la platea que están trepados unos encima de otros. Más allá otro se ha quitado la camisa y pasea dando alaridos. Un humo medio acre se respira en la concurrencia; alguien está fumándose un “tronchito”. Risas, gritos, palmas, de todo se oye esta noche como fondo a las canciones.
        Cuando aparece “TV Color” la gente aplaude más de lo normal. “Ya vienen estos pesados” comenta un rockero duro, sin concesiones. Sube Danai, la vocalista, con atuendos punk. “¿Cómo se llama la vieja?” quiere saber un insolente de 14 años más o menos. Danai no debe llegar a los 30 años, y si pensamos que John Lennon era un cuarentón cuando murió, esto es francamente un exabrupto. Pero igual “TV Color” canta y toca. Con un sonido más elaborado (hay un saxo que es verdaderamente bueno) se lanzan con temas de largas partes instrumentadas.
        De mayor edad que el resto de músicos, los de “TV Color” frisan los 30 años. El ‘Chino’ Chávez, director musical del grupo, es rockero antiguo. Pero sacan sus aplausos hasta el último tema. “Los rockeros somos bacanes” exclama Danai sin mucha convicción. Se escuchan unos chiflidos. Total, que concluyen con sus temas, menos explosivos en la letra si es que tomamos el referente de los otros grupos. Pequeñas bandas de adolescentes deambulan medio ebrios.
        Cuando las luces se apagan, la masa se va hacia arriba, al malecón. Gritan y suben las gradas a trancos. Por entre ellos están algunos de los músicos que no han sido invitados al concierto de esta noche: Leuzemia, Guerrilla Urbana, Zcuela Cerrada. “Oye loco –le dice un muchachito a otro–, ¿tienes diez lucas para seguir chupando? y se marchan abrazados. El rock, éste por lo menos, ha dejado de ser el emblema de paz, amor y música de Woodstock para convertirse en una subversión de los valores que, aunque desatados por la moda punk, algo de historia nacional presente acarrea.





“Punks”
en collera



El rock peruano, aquel gran olvidado en los medios de difusión limeños tiene, contra lo que muchos siempre hemos tratado de evitar, varias tendencias, alejándose más unas de otras; esto es indudable. Hoy toca hablar de aquella que se autodenomina “rock subterráneo limeño” y la que, basándose en el “Combat-rock” (rock combativo), irrumpe nuestros oídos y nuestra atención últimamente. El viernes pasado presenciamos el “Súper-concierto” (como lo anunciaron los organizadores) de AveRock Producciones. Desde que ingresamos al local, notamos lo que sospechábamos con anterioridad. La Concha Acústica de Miraflores era un pandemónium y los presentes estaban entre anonadados por la energía de NARCOSIS y sorprendidos por los improperios subidos de tono de su cantante: “los que nos gobiernan, sean de derecha o de izquierda, siempre serán la misma mierda”.
        “Como muestra un botón”, reza el dicho, y de todo lo sucedido esa noche pueden partir las premisas y las preguntas, aquellas que nos formulamos cuando pensamos diariamente en nuestro rock.
        Existen varios grupos (por no decir muchísimos) que se identifican con este vapuleado “rock subterráneo”. Si bien los precursores de este movimiento en Lima fueron Los Saicos, hace una buena cantidad de años, este movimiento recién se ha ampliado considerablemente desde el año pasado con la inundación de las paredes limeñas del nombre del cuarteto Leuzemia.
        De un año a esta parte, han surgido nuevos nombres, todos con la queja desde el saludo, al presentar sus nombres: Guerrilla Urbana, Anti-Tucos, Zcuela Cerrada, Sarita Colonia y Los Desgraciados, Fosa Común, Flagelo, Los Excomulgados y los mismos Leuzemia y Narcosis, entre muchos otros; también nuevos conciertos, todos con buena cantidad de público como el sucedido el 17 de febrero llamado “Rock en Río Rímac” que inundó la esquina de Tarapacá y Guardia Republicana; y, a propósito de guardias, que culminó cuando Narcosis cantaba su tema “Sucio Policía” y uno de los aludidos disparó un tiro al aire. Se puso peligrosa la cosa.
        Los asistentes a estos conciertos se identifican plenamente con los intérpretes, aunque el viernes pasado recriminaron totalmente a “Del Pueblo”, conjunto que realiza un trabajo tal vez más ambicioso que los demás al presentar una ópera rock (que no creo que sea lo que presentaron esa noche) y que se mueve en otra “onda” musical al realizar ¿rock andino tal vez? Puede ser, pero lo que sí está en la misma onda literaria: se encuentran los insultos, las quejas al sistema, las burlas y el sarcasmo por doquier.
        ¿Por qué entonces el rechazo? Suponemos que debe ser a su música, lo cierto es que “Del Pueblo” está preparando su última ópera que se llamará “Los cinco quetes” y una gira al Cusco, Arequipa y Puno.
        Hay otras preguntas flotando en el ambiente ¿Todos estos grupos se consideran como parte del rock peruano? Parece que sí, aunque la influencia del grupo “punk” inglés “The Clash” en Narcosis es evidente, por ejemplo; estos grupos rechazan totalmente todo lo que venga de afuera. Bueno, las incongruencias están en todas partes.
        ¿No sería bueno unir fuerzas con los grupos que no están en su misma “onda social” (como ellos dicen), para sacar adelante la cosa? ¿No sería bueno sacar la cara todos juntos por el rock peruano, o es que ellos utilizan al rock para decir lo que piensan, olvidándose por completo del aspecto musical?
        Los indicados para responder a todo esto son ellos mismos, aunque lo cierto es que todos los que no están muy identificados plenamente con el rock peruano, piensan que ellos son parte del movimiento rockero nacional. Claro, es la imagen que brota de ellos mismos, lo quieran o no.
        La sociedad tercermundista, aquella que nos agobia día tras día, genera todo este tipo de manifestaciones culturales, las cuales se fortalecen con el correr del tiempo y con la cada vez más larga espera de la solución al hambre, al terrorismo, a la corrupción y al desorden social.
        Hay una premisa importantísima: ellos no tienen definida su línea política a seguir, sino remítanse párrafos arriba y lean parte de la letra de una canción de Narcosis. No le encuentra solución al problema, están totalmente desilusionados de la realidad social y política del país y se encuentran (por lo menos, así lo aparentan), totalmente en contra de todo aquel que no tenga sus mismas ideas.
        ¿Cuáles son sus metas, sus alcances, y dónde están sus raíces? Por lo menos las últimas, parece que en los grupos punks ingleses que surgieron a mediados del ’78 y que dejaron una estela muy numerosa en distintas partes del mundo.
        Lo más importante de todo esto radica en que ellos defienden sus ideas a “capa y espada” (textualmente), esas ideas que hacen que el hombre se realice plenamente al encontrar su verdad y al descubrir que el trabajo efectuado para encontrar eco a sus pensamientos no fue en vano.
        ¿Lo estarán haciendo en la forma correcta? Sólo el tiempo lo dirá.







 


Archivo hemerográfico de ANTENA HORRÍSONA




Fuentes
Sánchez, Enrique. El rock achorado. En: VSD, La República, 21 de junio de 1985, pp. 6-8.

Pérez, Álamo. Punks” en collera. En: VSD, La República, 21 de junio de 1985, p. 8.

29 de octubre de 2018

LA VOZ ES EL ROCK MALDITO: Crónica de los nuevos rockanroleros limeños (La República, 1985)




La República y otros diarios de la época como Cambio, El Diario y Marka publicaron informes sobre los grupos de rock que empezaban a hacerse oír con el ruido de sus guitarras y su actitud discordante ante un escenario dominado por las radios de pop-rock. El periodista Óscar Malca dedicó en este diario varios artículos sobre las primeras acciones de estos roqueros que formarían un circuito musical alternativo. En este reportaje, encarnado en el personaje de Vicente Hidalgo, Malca conversa con los integrantes de LEUSEMIAZCUELA CRRADA y NARCOSIS, quienes dan a conocer sus opiniones y expectativas ante una naciente escena que en adelante se llamaría rock subterráneo.














Archivo hemerográfico de ANTENA HORRÍSONA










LA VOZ ES
EL ROCK MALDITO:


Crónica de los nuevos rockanroleros limeños










NARCOSIS y LEUSEMIA compartiendo escenario en el 
2.° Esquisse del Bestiario en la Universidad Ricardo Palma
(31 de enero de 1985)





La reciente euforia de Rock in Rio volvió a poner al rock en el centro de la noticia. Pero no todo sucede afuera, aquí también estamos viviendo un cierto e innegable auge: podría decirse que 1984 ha sido el año del despegue del nuevo rock peruano. Y así como existen grupos musicales con un acceso más o menos fácil a los conciertos y medios de comunicación masiva, también existen – no faltaba más – los malditos de distritos pobres y se empeñan en alentar el surgimiento de un circuito musical subterráneo verdaderamente alternativo para los jóvenes de los ochenta. Aquí su palabra, en una crónica preparada por un escritor de su misma generación.







Entramos ya a 1985 y pareciera que las elecciones serán el alboroto que marcará el compás del año. Los preparativos se intensifican con la consiguiente andanada de propaganda electoral que, poco a poco, irá invadiendo el vasto latifundio icónico de los medios de comunicación de masa. Las preferencias por uno u otro candidato son tema obligado de conversación en las sobremesas familiares o reuniones de amigos. Este reportaje trata de un segmento social permanentemente aludido en discursos y programas de toda tienda política que se precie: la juventud. Esos jóvenes de los que se dice son “el futuro del país”, “la sangre nueva”, pero que en la misma persistencia que son aludidos, cuando no “representados” en alguna institución partidaria o estatal, han venido acentuando en sí mismos, generación tras generación, un creciente desarraigo en todo aquello que pudiera significar un compromiso cívico o tan siquiera una tibia identificación con el Perú oficial, caro a los políticos. Los mismos que, desde el año pasado, comienzan a dejar oír su voz en Lima a través de las manifestaciones del fenómeno social más importante surgido durante las últimas décadas sobre el planeta: el Rock.

Lo que para los jóvenes migrantes del campo a la ciudad constituye la música chicha – tampoco del todo lejana – es, para sus contemporáneos limeños, el rock. Y más aún hoy que, frente al rock comercial que propala la mayoría de radioemisoras del país, crece un activismo musical alternativo que viene de los estratos más pauperizados de la clase media. De hecho, consideran al rock como un fenómeno social-contracultural propio de las juventudes metropolitanas en la sociedad capitalista y no como una liviana moda musical, ni como una pueril bagatela que las transnacionales del mass-cult nos empujan a consumir, implica ya asumir determinada posición frente al tema. Asimismo quiero dejar en claro que en estas notas la palabra juventud excluye, deliberadamente, a su franja privilegiada y minoritaria: aquel sector cuyo papel ideal de éxito en la vida lo representa – para citar una imagen harto promocionada por la derecha – un Jaime Bayly Letts chaposo, bienvestido y hablantín.







DE DÓNDE SON LOS CANTANTES (Un poco de historia)


En la cabeza de Vicente Hidalgo todavía se hallaba fresco el recuerdo de los últimos conciertos de Leusemia – a los que todavía se sumaría Narcosis – en los que su música había desatado sucesos de toda índole. Barrios Altos, Breña, Miraflores, Rímac, Comas, Carmen de la Legua: escenarios y locales que terminaron siendo, en la mayoría de los casos, pasto de desorden. Y lo más notorio, que en cada presentación los secundaba un creciente y compacto número de fanáticos que, seguramente, acababan de descubrir las posibilidades del rock en castellano. Por fin alguien que les hablara de la relación conflictiva con una sociedad  en la que (des)aprenden a vivir diariamente.

Jóvenes callejeros que comienzan a seguir entusiasmados esas canciones como llamaradas en el aire que dibujan el sombrío destino que les aguarda al final de esa juventud que aman, y usan como el arma blanca de los acorralados. En un país de explotados, desempleados y enajenados como el nuestro, no son las únicas – ni las peores – víctimas de la angurria de las clases sociales que manejan esta enorme caja registradora en que lo han convertido.

Vicente chasquea la lengua y piensa que Leusemia y compañía lo saben, pero eso de ningún modo les quita el derecho a gritar. Pero ¿por qué el rock? ¿No es acaso una versión criolla del punk inglés? Pues el espíritu es similar, basta echar nomás un vistazo a sus canciones para comprobarlo: “Oirán tu voz”, “No más líderes No más ídolos No más héroes” “Basuras en tu mente” (Leusemia); “Sucio policía”, “Destruir” (Narcosis); “Loco burdel” (Zcuela Crrada). La parentela con la violencia generacional del punk es pues indudable. Londres, ciudad donde tuvo lugar el primer gran brote a finales de la década del setenta se vio invadida de la noche a la mañana por pandillas juveniles que empuñaban sus guitarras para cantar – mejor escupir, gritar, vociferar - la anestesiada muerte a que el sistema los estaba conduciendo.

Ello constituyó además una ruptura con quienes habían convertido el rock en una melodía refinada y complaciente: grupos como los Sex Pistols, The Clash, Gang of four, The Damned y otros, se pararon sobre los escenarios y le devolvieron al rock la fuerza y salvajismo que le era connatural. Para protestar contra el medio no era necesario ser un músico experto; bastaba con tener ganas de valerse de la música para aullar y expresar violentamente el propio descontento. William Rowe, intelectual británico estudioso de la obra de José María Arguedas, declaró hace tiempo a un suplemento local que lo de los punks era un rock proletario; y que a estas alturas el movimiento generado por ellos constituía casi la única oposición contundente a la creciente derechización de Inglaterra.

Obviamente a nuestro país llegó toda esta revuelta a través de su contorno más frívolo: la moda, ese sutil mecanismo de defensa de la sociedad de consumo con que esteriliza las manifestaciones culturales en su contra. Peinados, cortes de pelo, vestimenta y desinfectadas versiones musicales del fenómeno. Pero eso felizmente, se limitó a Miraflores y San Isidro.

De los fundadores, poco es lo que queda en Inglaterra pero el virus ha prendido fuerte en otros países europeos como Italia y España, en los que si bien ya no son punks, recogen lo esencial del movimiento y el hardcore en lo musical. En América Latina también ha tenido una recepción particular, pues el sino indeleble que ha adoptado es proletario y popular. Así en Brasil, con los grupos Cólera e Inocentes, surgidos desde las favelas de Sao Paulo y cuyo principal público y mercado se halla en esas mismas barriadas. En el Perú, a diferencia de los años setenta con el rock progresivo, el mercado subterráneo de discos recién viene creciendo. La Cachina en La Parada era un “hueco” célebre para conseguir discos importados que las disqueras nacionales no editaban. Luego vendría  esa esquina de La Colmena con la universidad Villarreal; allí se compran discos usados e importados que no suenan en la radio y que se conocen solo de oídas o por las informaciones que vienen de afuera. Otras veces alguien consigue un LP raro y luego de los primeros contactos telefónicos va cayendo gente a la casa del propietario con un cassette en blanco en la mano. Más tarde, de ese cassette se sacan copias ya con la fidelidad un tanto deteriorada, pero siempre es mejor que nada.

Es así como el punk y buena parte del rock de vanguardia que difícilmente entra a las radios limeñas – a excepción del notable programa “Radio Clash” de 99FM – se filtra en nuestro país. Incluso se puede mencionar la apertura de un local donde se puede oír dicha música, el No Helden, en la esquina de Chincha con Wilson. Sus precios no son tan elevados – hasta donde se sabe no cobran el ingreso – y sus promotores tienen en mente para un futuro cercano organizar conciertos con los nuevos grupos y llegar a fundar una disquera independiente. La gracia de este sitio reside además en que cuenta con la rockola mejor surtida de Lima, así como con videos poco conocidos.


Vicente Hidalgo sacó de un tirón la hoja del rodillo de la máquina y leyó lo último que había escrito. Vaya parrafada, se dijo. Buscó la hora en el viejo reloj encima del estante y vio con alarma que las manecillas señalaban 3 y 30 de la tarde; tenía treinta minutos para llegar al sitio en que conviniera el día anterior con la gente de Leusemia. Recogió apresurado unas cuantas hojas en blanco que yacían sobre su cama y salió de la habitación maldiciendo el cambio de hora dispuesto por las autoridades. Una vez en la calle tuvo suerte de que inmediatamente pasara el micro que lo tenía que llevar al punto de reunión. Se acomodó en un asiento y se dispuso a dormir apoyando la cabeza en la ventanilla por si había alguna anciana a pedirle el sitio.








LOS SETENTA PASARON YA O LOS MUCHACHOS DE ANTES NO USABAN MUÑEQUERA


“Pie derecho”, le dijo el cobrador cuando bajaba, y el vehículo arrancó levantando una nube de polvo. El periodista estuvo a punto de perder el equilibrio pero lo salvó una hábil maniobra hecha justo a tiempo. Murmuró algo para sus adentros y comenzó a buscar a los bichos sobre los que iba a escribir. Sacó su pañuelo y se lo pasó por el sudoroso cuello. Se preguntó si los Leusemia habrían olvidado la cita. Recordaba perfectamente que por teléfono convinieron en la esquina de la avenida Colonial con Dueñas a las cuatro de la tarde, pues por ahí quedaba el lugar donde tenían un ensayo.

De pronto divisó la inconfundible gorrita de Daniel F, guitarrista líder del grupo, que le hacía señas desde la calzada. Vicente cruzó mientras revisaba sus bolsos por si le faltaba papel o lapicero, felizmente allí encontró sus instrumentos de trabajo.

Estaba también Raúl Montañez, el otro guitarrista y Guillermo Kimba, que tocaba la batería. Una vez con ellos y luego de intercambiar bromas y saludos, se dirigieron al garaje donde ensayaban. En el camino Daniel le refirió la reciente y exitosa presentación del grupo en el coliseo de Cerro de Pasco. La gente estaba feliz con nosotros, claro que al comienzo fue un poco frío, pedían canciones de la radio; pero después que tocamos nuestros temas computaron la onda y ya no querían que nos fuésemos – contaba.

A la siguiente cuadra doblaron en la esquina y el periodista pudo distinguir una casa frente a la cual se había formado una leve aglomeración. Unos sentados en la vereda, otros parados, apoyados con un pie en la pared. “Definitivamente hay gestos que no cambian”, pensó Vicente Hidalgo; pero tuvo que abandonar a su suerte a sus deducciones, pues se acercó el cuarto integrante de Leusemia, Leo Scoria, bajista, segunda voz y también – como Daniel – compositor del grupo., aunque recalcó luego, sus temas todavía no los estaban tocando en público. ¿Y cuñao, cómo estás? se estrecharon la mano y el periodista fue informado que la bulla proveniente del garaje era de Zcuela Crrada, que había alquilado los instrumentos a medias con los leusémicos. Los jóvenes músicos pasaron de inmediato a contar lo que sucede con esto de los equipos: son caros y ninguno de los grupos de por esos lares tiene para ensayar. Así que ellos recurren a los servicios de Víctor Quiroga que se los alquila a treinta mil la hora. Pero no siempre tienen el dinero, entonces solo les queda practicar con sus instrumentos de madera e improvisar baldes y tarolas como batería, viejo y extendido recurso.

Se acerca también Kilowatt Édgar Barraza, el esmirriado cantante de Kola Rock, de Comas. Y allí están reunidos: polos negros, jeans oscuros, muñequeras de cuero con puntas de metal sobresaliendo. Algunos con casacas de drill con las mangas cortadas, la “A” anarquista en la espalda y los lados de la chaqueta hechos jirones. Ropa no ostentosamente estridente, como se suele ver en algunos distritos residenciales, sino diferente, de un modo sobrio pero enfático: ellos no quieren ser confundidos con los jóvenes apáticos e insolentes que babean detrás de las modas.

El promedio de edad de los leusémicos es de unos veintidós años. Daniel es el único que trabaja, el resto cachuelea a veces y cuando no, pica a sus viejos o hermanos mayores. Son unos vagazos, dice Raúl, que además estudia en la Villarreal. El grupo se formó en la Unidad Vecinal #3, al costado de la universidad de San Marcos. Todos ellos, a excepción de Leo, viven por esa zona. Kimba mete la cuchara para decir que ponga que al pobre Kilowatt lo han botado de la chamba. El periodista mueve la cabeza afirmativamente y toma nota. Les pregunta su opinión por las generaciones anteriores de rockeros. Nada que ver, compadre – contesta Leo. Bueno con los del setenta, así, ¡nada!- acota Raúl- eran unos recontra gansos. Velasco los asustó con eso de la “música extranjerizante” y no tuvieron las pelotas para insistir y ponerse a cantar en castellano, ¿no? Entonces los que quedaban eran los más comerciales, que sí eran apoyados por las disqueras. We all together, por ejemplo. En cambio los del sesenta sí eran buena nota, pero los primeros: Los Saicos- todos lanzan al unísono una exclamación aprobatoria – y ya un poco menos Los Yorks y El Polen. Ellos empezaron bien la nota y después vinieron los otros a cagarla con su música en inglés.

También existían otros – interviene Kilowatt Barraza-, Los Silvertones, todos tocaban en el Centro, en La Fontana, en el Embassy, en el Tabaris. Eran un montón de grupos de barrios así como este, misios. Y querían cantar en castellano, o traducían letras, como Los Yorks.

Por la calzada del frente cruzaba una señora que se apresuró en cuanto vio la aglomeración de “raros” sentados en la acera conversando. Vicente, por supuesto, se autoexcluía de tal apelativo. Alguien bromea con ellos y en seguida se pasa al tema de los grupos contemporáneos, los del ochenta, con quienes Leusemia tampoco parece llevarse demasiado bien. Conocido por todos es ya Daniel cuando presenta las canciones en público, pues se dedica a fustigar y burlarse de conjuntos publicitados, como Dr. No, Toilet Paper, Frágil… Hay quienes dicen que Leusemia tiene la lengua más larga del rock peruano. Es que ya estamos hartos de los copiones – dice Daniel – estos lo único que hacen es imitar a los grupos extranjeros y copiar temas de la radio, ni siquiera pueden cantar en su propio idioma. Es que de repente no se sienten peruanos, le contesta Vicente, pero agrega, y a Frágil por qué lo atacan, ellos cantan en castellano ¿no? Lo mismo TV Color, que también ha sido blanco de sus puyas… Mira, Frágil se demoró bastante en cantar en castellano, ellos tocaron un montón de tiempo temas de grupos como Génesis y otros de la progresiva – repone Raúl – y TV Color ha recogido gente con un pasado negro, unos que han tocado en You y grupos del setenta

Del mismo modo reconocen en ambos un tufo “argentinoide” que no se les cocina. En cambio se identifican con gente como Cimiento, Narcosis, Zcuela Crrada, Flagelo, Desorden Social, Guerrilla Urbana, Valium, Flema, Kola Rock, Fuga, Kotosh, M-10, Los Excomulgados, Autopsia, Sarita Colonia y los Desgraciados, Km-11, de Comas. Interrogados por su opinión acerca del grupo Delpueblo – en sus dos versiones – responden que les gustan sus temas más fuertes, aunque todos los que están trabajando cosas suyas, están bien, compadre. “Músicos valientes” llama Pico Ego Aguirre a los que se lanzan con temas propios.

Luego les oyó hablar con respeto de la música chicha, la cual respondía a las necesidades de otro público, dijeron. Poco conocían de un grupos arequipeño – Furia – proveniente de uno de los pueblos jóvenes de la ciudad blanca, que tocaba un rock bastante “achichado”.

Más tarde le tocó ensayar a Leusemia y el periodista los vio evolucionar en un garaje descolorido y con ropa tendida al fondo. Los instrumentos no eran, óptimos, pero digamos, servían. Después del tiempo pactado, salieron nuevamente a la vereda, esta vez con Edwin de Zcuela Crrada que debutara la semana pasada, tras escasos dos meses de práctica y de ese tiempo, tan solo en dos oportunidades, con instrumentos eléctricos. Era evidente: existía una desesperada necesidad de expresarse.







A LOS HIJOS DEL RUIDO LES ABURRE LA MÚSICA DE LOS POLÍTICOS

Cuando el sol comenzaba a declinar acordaron marcharse a casa de Daniel. Y se decidió hacer el tramo a pie; después de todo la Unidad Vecinal no quedaba tan lejos. Alguien habló de comprar una botella de ron. En el camino Vicente recordó la charla que tuviera durante el último concierto con Wicho, cantante de Narcosis – al igual que la mayoría de estos músicos desarreglosos, se resistía a dar su apellido. Narcosis había popularizado dos canciones que eran verdaderos clásicos en los conciertos: “Sucio policía” y “Destruir”. Sus letras eran más pegajosas que las de los “leusémicos” pues se les escuchaba mejor. Solo eran un trío: cantante, guitarra y batería. Tocando usualmente con equipos de muy baja calidad, era difícil la audición de la letra de las canciones; de modo que la fórmula les resultó eficaz: a pocos instrumentos la voz resaltaba mejor. A pesar de ello, Leusemia, con el doble de instrumental – todos tocan uno – lo resuelve poniendo el peso en la fuerza y el zafio talento con que ejecutan sus temas. Y cuando les toca un buen micrófono, los problemas se reducen considerablemente.

Wicho (24) le contaba que lo que sucedía con él y sus compañeros, Jorge M. (16) y Fernando Vial (20), era que a ellos lo único que les interesó siempre fue la música. Se dedicaban a hacer todo tipo de negocios para comprar y encargar los discos que les interesaban. Y al final terminaron abandonando estudios y supeditando sus ocupaciones diarias a lo central, que era por supuesto escuchar música. Hasta que de pronto se les prendió el foquito y se mandaron a buscar la manera de formar un grupo de rock. Primero, dijeron, lo mejor era aprender y tocar algún instrumento.

Y un poco así sucede con todos. La cosa viene del punk. Picado por la curiosidad, Vicente recuerda que sacó su lapicero y preguntó. Del punk – dijo Wicho – más que la etiqueta, rescatamos el espíritu. La fuerza con que se expresaban las cosas, lo que ocurría en la calle, en la vida diaria, y sin necesidad de hacerlo “bonito”.

Un grito de Kilowatt Barraza arrancó al periodista de su ensimismamiento. Habían llegado. En las escaleras del bloque de Daniel, esperaban Wili Jiménez y Riki Paredes, 19 y 18 años respectivamente.

Ambos, del autodenominado grupo “anarcomestizo” llamado Desorden Social. Vicente todavía tenía en la memoria la letra de su canción “Escupir rubios en Miraflores”; sin embargo, la pregunta sobre el punk a los de Leusemia le quedó revoloteando por la cabeza.


*****


¿El punk? Mira – dice Daniel F – para nosotros ellos le abrieron cien puertas diferentes a todo el mundo. Sacaron a los chicos de la calle, entre ellos a mí. Para esa época (78-80) no había nada, el estudio no iba con nosotros el trabajo rutinario era una joda que nos esforzábamos en evitar y ni siquiera la música que queríamos existía. Los New York Dolls e Iggy Pop & The Stooges ya mancaban. Claro, nos quedaba la droga o seguir a las bandas callejeras que se dedicaban a robar para subsistir… Hasta que conocimos el punk y copiamos su propuesta, su llamado desesperante ante un mundo que te engullía sin remedio. Vimos que había gente en quien creer, pero sin necesidad de copiar e imitarles. Así muchos comenzamos a buscar material sobre ellos, discos, revistas, declaraciones, y pronto nos tiramos a componer nuestras canciones con mayor libertad y sin los condicionamientos que te imponen los rockeros convencionales, tú sabes, eso de que “si no sabes tocar bien, mejor no toques”.

Bueno, punks o no punks, lo cierto es que estaban proscritos de varios lugares. Se dice incluso que el No Helden tiene serias reservas en invitarlos a que den un concierto en su local – y varios propietarios de equipos de sonido se negaban a alquilárselos. Sumado a ello estaban las calificaciones que su comportamiento agresivo y procaz les había colgado: “Folclóricos”, “antisociales”, trotsquistas”, y “fascistas”. Y esto último era lo que parecía pesar más. Pues las pintas que “adornaban” muchas paredes limeñas, junto a su nombre siempre aparecía una esvástica nazi, que al cabo de algún tiempo fue reemplazada por la “A” dentro de un círculo.

¿Fascistas nosotros?, ni hablar compadre, continúa Daniel.  Requetedefinitivamente, ¿no?, no somos tan estúpidos como para apoyar algo con un historial tan negro. Solo a un idiota se le ocurriría pensar que a los jóvenes de los ochenta les encanta la idea de ser amarrados a un sistema ultratotalitario. Pero insiste el periodista, ustedes tienen canciones, y no me negarán que les vacilaba usar todos esos símbolos, ¿no? Eso solo fue táctica – alega – es lo que en el grupo denominábamos “la táctica del puñetazo”, en nuestras primeras actuaciones llamábamos mucho la atención con nuestros cueros, remaches y ropa negra, hacíamos el saludo hitleriano y firmábamos con esvásticas. Era como patearles el culo a los que estaban de espaldas a los nuevos grupos y decir ¡mírame! ¡Existo!

¿Y eso a las finales no fue contraproducente? Por ejemplo, para comunicarse con otros patas que andaban en la misma onda que ustedes… Pasado el tiempo, en realidad sí, nos vetaron de muchos sitios (aún lo hacen) y hacía que desconfiaran de nosotros – reconoce el guitarrista.

Leo agrega que a Leusemia no le agrada nada de política. ¡Ah! Dice Vicente en un alarde de perspicacia, ¿vas a votar en blanco? En negro cuñao, en negro voy a votar. Todos celebraron la respuesta.


Nosotros – añade Edwin Zcuela – estamos en esto por pura necesidad de expresarnos. Y estamos en contra del sistema porque gira siempre alrededor de un grupo de poder. No somos como otros grupos oportunistas como Overkill, Toilet Paper, La Pandilla., que solo tocan porque se ha puesto de moda hacerlo.

Pero lo que sí queremos decir – interviene nuevamente Daniel – es que Leusemia y el circo de la demagogia política nacional no tienen ningún punto en común. Somos parte de una juventud que no cree ya en nada y se resiste a ser devorada por los convencionalismos hipócritas que nos pretenden anular. Creo que cada uno tiene la posibilidad de decidir y actuar sin condicionamientos en base a lo que tiene en la cabeza.

El periodista se rascó la mollera y pidió la botella que estaba circulando desde hacía unos minutos. Todos se encontraban sentados en las gradas del edificio, los vecinos parecían ya acostumbrados, pues no le daban la menor importancia al hecho de que una pequeña turba de muchachos estuviera sentado conversando, tomando u oyendo música de un tocacassette portátil que Kimba, hermano de Daniel, acababa de sacar.

Los chicos de Desorden Social cuentan que un nuevo grupo se ha formado en el colegio Melitón Carvajal; por ahí alguien se queja que Kilowatt no devuelve un cassette de U2 que le han prestado. El interpelado niega. Alguien pide la dirección del local del próximo concierto. Risas y tomaduras de pelo, lucían libres y despreocupados, ¿lo eran en realidad? Vicente recordó una vieja frase de Jimi Hendrix, guitarrista genial que se inmolara hace quince años. “Si parezco libre es porque siempre estoy corriendo”.

Preguntados por Sendero Luminoso o los Tupacamarus, manifestaron cierto respeto; pero aquel cuyo único fundamento se hallaba en que estuvieran hostigando, digamos, al mismo enemigo. Por lo demás, les resultaban tan ajenos como cualquier otro grupo político. Incluso Raúl llegó a alertar que hay candidatos que están usando eso de que son jóvenes, cuando la gente joven como nosotros nada tiene en común con ellos.

Lo que nos interesa ­- tercia Daniel – es que se llegue a formar un movimiento de jóvenes que se identifiquen con lo que nuestra música y actitudes expresan. Y así ellos mismos comiencen a hacer sus cosas; que hagan funcionar su cerebro y computen la situación en que viven, que despierten a la realidad. Leusemia es una de las pocas bandas que promueve y le da la mano a los grupos que comienzan y no están en ninguna de las argollas que tienen un padrino que los protege. Es por eso que siempre insistimos en hacer un llamado a todos los que están haciendo rock en castellano, con temas propios, a que se unan.


Sí, eso era ya una necesidad. Ahora que, lenta pero irreversiblemente, se está constituyendo todo un circuito subterráneo dentro del cual se empiezan a identificar canciones, gestos y lenguaje; y que sitúan su territorio lejos de la frivolidad de la sociedad de consumo y principal clientela: los jóvenes adinerados que, a estas alturas, poco tienen que ver con la actual fisonomía cultural del país. Y lo que es más, se trata de un circuito subterráneo que lucha por arrebatarle la hegemonía a la música comercial que propalan las radios. Quizás se deba a que los rockeros de esta generación piensan en la música como un complemento a su actitud frente a todo lo que les rodea: allí coincidieron tanto Leusemia, Narcosis, como Zcuela Crrada. Momentáneamente es un grupo que crece, porque los está descubriendo, y empieza ya a agenciarse sus propias publicaciones – Costra, Fosa Común, LuzNegra – a reconocerse en ciertas imágenes plásticas revoltosas y pendencieras. Las escenografías “portátiles” de Herbert Rodríguez han acompañado muchos de estos conciertos – y que ya asume conductas sociales que invariablemente terminan colisionando con la ideología dominante, impuesta para la conservación del orden establecido.

Mientras Leo se quejaba de que en su casa a diario lo fastidiaban porque creían que no hacía nada o, de cualquier manera, porque Leusemia era nada – su padre es un conocido cultor de la música clásica – Vicente decidió poner fin a la jornada y comenzó a despedirse de sus amigos.

Hasta el final muchos de ellos dudaban que el periodista lograra colocar el reportaje en un periódico. Les parecía un privilegio exclusivo de los músicos de “arriba” con su música correcta, positiva y siempre presentable; aunque no fuera original no tuviera la fuerza de lo auténtico: eran los que grababan y ofrecían los más publicitados conciertos, los más fotografiados y adorados por los que ellos llamaban “chiquillas con sebo en la cabeza”. Pues aunque Leusemia, como les gustaba decir, fuese la banda limeña que más alto ha llegado (5000 metros sobre el nivel del mar, en Cerro de Pasco) estaba condenada, decían, a la maledicencia de las muchedumbres ávidas de modas y palabras complacientes.

¿Y por qué les preocupa? – murmuró Vicente Hidalgo, trasponiendo las últimas paredes sucias y jardines descuidados de la Unidad Vecinal – después de todo, ya dijo alguna vez David Bowie que el rock, el verdadero rock, ha sido siempre la música del demonio.




FUENTE: Malca, Óscar. La voz es el rock maldito: Crónica de los nuevos rockanroleros limeños. (8 de febrero de 1985). VSD, suplemento del diario La República, pp. 2-6.