22 de abril de 2018

Súper Concierto Ave Rok








NARCOSIS abriendo el "Súper concierto Ave Rok"
31 de mayo de 1985
Fotografía: Óscar Huapaya








EL ROCK ACHORADO

Un pase de vueltas





Una pequeña masa de bárbaros se reúne, arremolina, en la puerta de ingreso a la Concha Acústica del Parque Salazar de Miraflores. Ante la mirada vigilante de unos mozalbetes rubicundos, armados de palos, extraen de sus bolsillos los billetes que les permitirán el ingreso al Súper Concierto Ave Rok que organiza la revista rockera del mismo nombre. Adentro se escuchan estridencias de guitarras eléctricas en agresivos punteos. Al trasponer la reja de hierro, otro jovencito catea a los que van ingresando. Ni botellas de trago ni objetos pesados pueden ingresar al concierto. Adentro la visión es de locura: en medio de luces fantasmagóricas y humo de colores, sobresalen tres muchachos: uno con una guitarra eléctrica, otro en el micrófono y atrás está el tercero, frenético con su batería. Es el grupo rockero “NARCOSIS”.
“Hay sucios verdes… que actúan por conveniencia… que defiende la decadencia… a los gobiernos y a los políticos de turno… ¡Sucios! ¡Sucios! ¡Sucios policías!”.
Con inusitada violencia, Wicho, el cantante de “Narcosis” canta el tema “Sucio Policía” y señala con el dedo hacia donde están las fuerzas del orden, en la cima del malecón, y sigue gritando fortísimo: “¡Sucios policías!. El sonido que se consigue, en base a sólo dos instrumentos, es muy aceptable para la línea de rock. “Son ruidos armónicos”, sentencia un rockero más bien intelectual, tronando los dedos y aspirando un cigarrillo medio sospechoso.
        La gente –nadie mayor de 20 años– delira con “Narcosis” y se dedica a gritarle de todo. “¡Mueran, mierdas!” ruge un mozalbete de unos 13 años, y todos sus amigos se retuercen de la risa. En el suelo hay evidencias de alegrías espirituosas: el vacío envase de vidrio de una “chata” de ron. “¡Muérete tú primero, concha de tu…!” exclama con desprejuicio Wicho desde el micrófono. Más chacota. Los muchachos de alrededores, normal nomás, como si estuviesen acostumbrados a tan peculiares relaciones públicas. Un sonido fenomenal y cesa el ruido. Aplausos.
        Ahora –anuncian desde el micrófono– un supertema de Sex Pistols (sic): “Quiero ser tu perro”. Y se arrancan sin dilación: “Ahora quiero ser tu esclavo y hacerte daño… Ahora quiero ser tu perro… Quiero estar a tu lado…” y los muchachos enloquecen en el público. Una fría brisa marina refresca esta noche medio turbulenta. Los que estaban repartiendo mentadas de madre desde la platea, prosiguen en su afán, con grandes alaridos que se deben oír hasta arriba, por la pista donde circulan carros y microbuses a Lima. Decenas de jovencitos miran desde los altos, al haberles faltado dinero para el boleto de ingreso.
        Nadie se ha dado cuenta cómo, pero el rock filo-punk en español de “Narcosis” cambió de tema, pero no de línea. “Destroza las cadenas que te atan… mata al presidente y a todos sus ministros… levántate y sal de esta maldita marginación… destroza las iglesias y a sus sucios sacerdotes… destroza al terrorismo y su sucia agresión…”. Entre el humo y las luces (¿psicodélicas?) se nota una lluvia media extraña sobre el escenario: alguien, en el máximo de su inventiva para la gracia limeña, está arrojando botellas vacías de ron al escenario. “Narcosis” no se queda: devuelven las botellas con idéntica alegría. Aplausos para el rock de “Narcosis”.
        La virulencia de esta generación rockera no es nada nueva bajo el sol. A fines de los 60 se cuenta que Jim Morrison en un concierto de rock en Inglaterra, en el célebre grupo The Doors, se bajó los pantalones y empezó a masturbarse ante el público. En Woodstock, Ten Years After rompió sus guitarras eléctricas y las arrojó al público. En una onda nacional, por los mismos años, Pablo Luna de Los Yorks, se contoneaba espasmódicamente y rompió también algunos micrófonos. Pero hay que reconocer que la virulencia en este caso se ha triplicado por lo menos.
        Como fantasmagorías en el centro de la noche, surgen los chicos, algo mayorcitos, de “Del pueblo”, rockeros que hacen una fusión de rock con música nacional, pues usan quenas, zampoñas y charangos. Comienzan haciéndola larga. Inquietud entre los adolescentes marabuntas que están pifiando y mentando la madre de lo lindo. Los de “Del pueblo”, impávidos, como si con ellos no fuera la cosa, afinan sus instrumentos. Más gritos y mentadas de madre. Nada pasa. Cuando ya llevaban cerca de quince minutos en este plan y empezaba la variopinta lluvia de objetos contundentes sobre los músicos, arrancan con un tema.
        “Yo no quiero estudiar… yo no quiero trabajar… dame cinco lucas que estoy deprimido… y me fumo un tronchito… ” cantan en medio de la algarabía general. Mientras, uno de los integrantes del grupo se pasa cargando un inmenso “troncho” y otro llega atrás arrojando algo (¿qué será?) al público. Gran vacilón entre la audiencia. Terminando el primer tema en medio de gritos y susurros-, “Del pueblo” se arranca con la segunda de la noche. “Ven a mí, ven a mí, perdición… venganza, odio, codicia, violación, lujuria, gula, pereza…” y cuando se le acaban los vicios irrumpen, frenéticos: “¡Lucifer! ¡Lucifer!”. Toda una misa negra en rock.
        Como todo está en aumento –la tensión eléctrica recorre a los chicos– acaban con el número máximo: “La lucha armada atacando ya, la lucha armada del campo a la ciudad…” en una suerte de descripción de los apagones con bombazos y derribamiento de torres a los que nos vamos acostumbrando en la capital, pero sin el menor ánimo de ser apologéticos. Adelante, cerca al proscenio, hay algunas grescas. “Esto no es nada –nos informa un asiduo concurrente a los conciertos de rock–, en otros la cosa es peor”. Cada cinco minutos un grupo de los organizadores trata de bajar a quienes se quieren subir a mostrar sus ánimos sobre los músicos. Los mismos rockeros patean las botellas que ya están cayendo sobre ellos.
        El próximo grupo es el de Miki González. En sus temas, más limpios en el sonido, pero con parecida violencia verbal, cantan la falta de dinero de la gente, las redadas luego de los apagones, todo lo que está sucediendo a la ciudad en estos meses (Los milicos se reúnen, los terrucos también…”) haciendo notar que la violencia callejera ha quedado impregnada en el sentimiento de estos chicos. Hay dos morenos que tocan percusión en el grupo y que son crecientemente hostigados por el público. Hasta que algo cae a uno de ellos y se marcha. Miki grita por el micrófono: “Bueno, ya se fue el negro de mierda ¿van a estar tranquilos? Dejen de joder”. Hay risas y el concierto prosigue.
        Miki González tiene un tema que suena en la radio. Ese es el que exigen el respetable (¿?). Y lo instrumentan: “Soy como el patita de la televisión, que con dos chicas y con tanta propaganda voy a enloquecer…”. Se arma el despelote. Hay muchachos en la platea que están trepados unos encima de otros. Más allá otro se ha quitado la camisa y pasea dando alaridos. Un humo medio acre se respira en la concurrencia; alguien está fumándose un “tronchito”. Risas, gritos, palmas, de todo se oye esta noche como fondo a las canciones.
        Cuando aparece “TV Color” la gente aplaude más de lo normal. “Ya vienen estos pesados” comenta un rockero duro, sin concesiones. Sube Danai, la vocalista, con atuendos punk. “¿Cómo se llama la vieja?” quiere saber un insolente de 14 años más o menos. Danai no debe llegar a los 30 años, y si pensamos que John Lennon era un cuarentón cuando murió, esto es francamente un exabrupto. Pero igual “TV Color” canta y toca. Con un sonido más elaborado (hay un saxo que es verdaderamente bueno) se lanzan con temas de largas partes instrumentadas.
        De mayor edad que el resto de músicos, los de “TV Color” frisan los 30 años. El ‘Chino’ Chávez, director musical del grupo, es rockero antiguo. Pero sacan sus aplausos hasta el último tema. “Los rockeros somos bacanes” exclama Danai sin mucha convicción. Se escuchan unos chiflidos. Total, que concluyen con sus temas, menos explosivos en la letra si es que tomamos el referente de los otros grupos. Pequeñas bandas de adolescentes deambulan medio ebrios.
        Cuando las luces se apagan, la masa se va hacia arriba, al malecón. Gritan y suben las gradas a trancos. Por entre ellos están algunos de los músicos que no han sido invitados al concierto de esta noche: Leuzemia, Guerrilla Urbana, Zcuela Cerrada. “Oye loco –le dice un muchachito a otro–, ¿tienes diez lucas para seguir chupando? y se marchan abrazados. El rock, éste por lo menos, ha dejado de ser el emblema de paz, amor y música de Woodstock para convertirse en una subversión de los valores que, aunque desatados por la moda punk, algo de historia nacional presente acarrea.





“Punks” en collera



El rock peruano, aquel gran olvidado en los medios de difusión limeños tiene, contra lo que muchos siempre hemos tratado de evitar, varias tendencias, alejándose más unas de otras; esto es indudable. Hoy toca hablar de aquella que se autodenomina “rock subterráneo limeño” y la que, basándose en el “Combat-rock” (rock combativo), irrumpe nuestros oídos y nuestra atención últimamente. El viernes pasado presenciamos el “Súper-concierto” (como lo anunciaron los organizadores) de AveRock Producciones. Desde que ingresamos al local, notamos lo que sospechábamos con anterioridad. La Concha Acústica de Miraflores era un pandemónium y los presentes estaban entre anonadados por la energía de NARCOSIS y sorprendidos por los improperios subidos de tono de su cantante: “los que nos gobiernan, sean de derecha o de izquierda, siempre serán la misma mierda”.
        “Como muestra un botón”, reza el dicho, y de todo lo sucedido esa noche pueden partir las premisas y las preguntas, aquellas que nos formulamos cuando pensamos diariamente en nuestro rock.
        Existen varios grupos (por no decir muchísimos) que se identifican con este vapuleado “rock subterráneo”. Si bien los precursores de este movimiento en Lima fueron Los Saicos, hace una buena cantidad de años, este movimiento recién se ha ampliado considerablemente desde el año pasado con la inundación de las paredes limeñas del nombre del cuarteto Leuzemia.
        De un año a esta parte, han surgido nuevos nombres, todos con la queja desde el saludo, al presentar sus nombres: Guerrilla Urbana, Anti-Tucos, Zcuela Cerrada, Sarita Colonia y Los Desgraciados, Fosa Común, Flagelo, Los Excomulgados y los mismos Leuzemia y Narcosis, entre muchos otros; también nuevos conciertos, todos con buena cantidad de público como el sucedido el 17 de febrero llamado “Rock en RíoRímac” que inundó la esquina de Tarapacá y Guardia Republicana; y, a propósito de guardias, que culminó cuando Narcosis cantaba su tema “Sucio Policía” y uno de los aludidos disparó un tiro al aire. Se puso peligrosa la cosa.
        Los asistentes a estos conciertos se identifican plenamente con los intérpretes, aunque el viernes pasado recriminaron totalmente a “Del Pueblo”, conjunto que realiza un trabajo tal vez más ambicioso que los demás al presentar una ópera rock (que no creo que sea lo que presentaron esa noche) y que se mueve en otra “onda” musical al realizar ¿rock andino tal vez? Puede ser, pero lo que sí está en la misma onda literaria: se encuentran los insultos, las quejas al sistema, las burlas y el sarcasmo por doquier.
        ¿Por qué entonces el rechazo? Suponemos que debe ser a su música, lo cierto es que “Del Pueblo” está preparando su última ópera que se llamará “Los cinco quetes” y una gira al Cusco, Arequipa y Puno.
        Hay otras preguntas flotando en el ambiente ¿Todos estos grupos se consideran como parte del rock peruano? Parece que sí, aunque la influencia del grupo “punk” inglés “The Clash” en Narcosis es evidente, por ejemplo; estos grupos rechazan totalmente todo lo que venga de afuera. Bueno, las incongruencias están en todas partes.
        ¿No sería bueno unir fuerzas con los grupos que no están en su misma “onda social” (como ellos dicen), para sacar adelante la cosa? ¿No sería bueno sacar la cara todos juntos por el rock peruano, o es que ellos utilizan al rock para decir lo que piensan, olvidándose por completo del aspecto musical?
        Los indicados para responder a todo esto son ellos mismos, aunque lo cierto es que todos los que no están muy identificados plenamente con el rock peruano, piensan que ellos son parte del movimiento rockero nacional. Claro, es la imagen que brota de ellos mismos, lo quieran o no.
        La sociedad tercermundista, aquella que nos agobia día tras día, genera todo este tipo de manifestaciones culturales, las cuales se fortalecen con el correr del tiempo y con la cada vez más larga espera de la solución al hambre, al terrorismo, a la corrupción y al desorden social.
        Hay una premisa importantísima: ellos no tienen definida su línea política a seguir, sino remítanse párrafos arriba y lean parte de la letra de una canción de Narcosis. No le encuentra solución al problema, están totalmente desilusionados de la realidad social y política del país y se encuentran (por lo menos, así lo aparentan), totalmente en contra de todo aquel que no tenga sus mismas ideas.
        ¿Cuáles son sus metas, sus alcances, y dónde están sus raíces? Por lo menos las últimas, parece que en los grupos punks ingleses que surgieron a mediados del ’78 y que dejaron una estela muy numerosa en distintas partes del mundo.
        Lo más importante de todo esto radica en que ellos defienden sus ideas a “capa y espada” (textualmente), esas ideas que hacen que el hombre se realice plenamente al encontrar su verdad y al descubrir que el trabajo efectuado para encontrar eco a sus pensamientos no fue en vano.
        ¿Lo estarán haciendo en la forma correcta? Sólo el tiempo lo dirá.







 





Fuente:
VSD, suplemento del diario La República. 21 de junio de 1985, pp. 6-8.




10 de abril de 2018

Un fenómeno llamado "Leuzemia" (1984)








Leusemia en Barrios Altos, 1985.




Publicamos una de las primeras entrevistas a “Leusemia”, grupo importante por su valor generatriz en la historia del llamado rock subterráneo. Aquí Daniel F., cantante y guitarrista de la banda, expresa una posición crítica respecto al panorama musical de la época, principalmente por su falta de autenticidad (o cultura de la rockopia).  En la portada de la sección C de El Comercio se leía “Leuzemia: rock con letra y música propia”. Esta era la carta de presentación de estos chicos provenientes de distintos barrios de la ciudad, agrupados para componer canciones sobre su experiencia en una urbe llena de contradicciones como es Lima. Este grupo carecía de técnica y destreza, pero su capacidad de convocatoria es indudable desde un inicio. Este fue su aporte. Es importante aclarar que el radio de acción de Leusemia siempre fue por el lado musical, aunque siempre se haya tratado de achacarle cierta responsabilidad de “cambio social”.

Aunque Leusemia fue algo más que rock n’roll.












Un fenómeno llamado “Leuzemia”




Poco más que difícil de definir, Leuzemia (sic) aparece como una corriente integrada únicamente por ellos mismos. Cinco muchachos reunidos para tocar lo que se ha venido a llamar rock’n roll con letra y música propia, sin estudios de música, sin objetivos profesionales en este terreno artístico y con una sola mira: tocar la mente de todos los que hacen música para que compongan y muestren su trabajo; en otras palabras, desplazar a los grupos existentes.
“Comenzamos tocando temas propios y por eso fuimos marginados”, dice Daniel F (23 años, incógnito confeso). “Más ‘bola’ le dan a los que hacen música para fiestas o radio, pero hay gente con talento…”


-  ¿Ustedes?
-  No tanto como otros, hacemos lo que podemos. Luchamos por una oportunidad a los grupos que nunca han tocado.

-  ¿Quiénes son ustedes?
-  Además de Daniel F. –quien habla– mi hermano Guillermo Vilis (con “v” por favor, así lo pone él), Leo Scoria y Raúl Montañez…

-  ¿De dónde son?
-  Cercado, Rímac y Jesús María.

-  Los vi en un reciente concierto y francamente no esperaba que fueran groseros ni que derramaran tanta lisura… ¿no crees que eso ofende al público?
-  Nadie finge… si no gusta lo que hacemos pues que no nos vayan a ver. Día a día hay más gente a la que le gustamos, tal vez porque somos más naturales. Intentamos ser una fuerza, hacer competencia a Toilet Paper, Frágil, TV Color. Queremos el mismo nivel, no técnicamente porque no podríamos hacerlo ni nos interesa grabar; queremos ser una fuerza para que otros grupos dispersos puedan surgir. Aunque otros hagan música mala a mí me parece buena si es muy de ellos. Es el valor humano lo que debe tenerse en cuenta.

-  Dices que quieren estar al mismo nivel de los otros grupos y los atacas ¿por qué?
-  Frágil demoró mucho tiempo antes de dejar de imitar y sacar un tema propio. TV Color también se dedicó a la rockopia. Esas son payasadas…

-  No es exacto…
-  Toilet Paper es lo peor y es lo que más plata gana…

-  ¿Crees?
-  Cobran en dólares.

-  ¿Qué eres? ¿Un anarquista?
-  No, ni me interesa la política para nada. Sólo queremos hacer una fuerza para competir con el resto pero no como algo comercial sino seguir siempre en la onda subterránea, despertar cabezas… la otra música no lleva a nada.

-  ¿Leuzemia sí?
-  Otros han armado sus grupos con dos o tres canciones. Son mejores que mil copias. Lo que se forma es una cadena y se hace algo juntos. Por eso cantamos con Narcosis y otros, para formar la cadena. Estamos contentos con lo que hacemos.

-  ¿Crees que la gente también? Últimamente ustedes insultaron a una revista que los contrató en plena presentación.
-  Hay gente que no nos quiere no desea nada con nosotros. Para ellos somos una mala experiencia, pero nos hemos divertido y creo que la gente también.

-  ¿Vives de la música?
-  No

-  ¿Te interesaría?
-  No.

-  ¿Estás contra el sistema?
-  Contra el sistema musical, claro. Mira el Sr. Robot. Es una copia… ridícula… que tiene el apoyo de los grandes empresarios… pero los jóvenes con algo propio no pueden hacer nada si no es ultra comercial.

-  ¿Dónde ubicas a Leuzemia?
-  Encima de un montón de grupos. Por lo menos somos conocidos, se sabe lo que estamos haciendo y tenemos fanáticos de verdad.

- ¿Estudias música?
-  No.

-  ¿Por qué?
-  Por tres motivos: soy ocioso, mi trabajo no me lo permite y no me gusta aprender.


(Guido Bolaños)






Fuente: El Comercio, Sección Cultural, p. 20. Edición del 22 de noviembre de 1984.







4 de abril de 2018

Conciertos en los ochenta: Súper Concierto Ave Rock





Inauguramos nuestra sección de conciertos de rock con participación de grupos subterráneos. Este es uno de los últimos conciertos de Narcosis, grupo que al mes siguiente (31/06/85) se presentaría en la universidad Ricardo Palma, cuyo registro aparece en la primera edición de "Primera Dosis" en disco compacto. 




Súper concierto Rock para este fin de mes



La Concha Acústica del Parque Salazar de Miraflores será el escenario que albergará a los conjuntos rockeros del país, quienes participarán en un súper concierto organizado por la revista Ave Rock, habiéndose determinado como fecha central el 31 de mayo a las 6:00 p. m.
Contará con la participación de cantantes y grupos cultores del rock en castellano, entre ellos: Miki González, joven valor peruano que gusta a muchos aficionados; TV Color pondrá su granito de arena en el evento que promete ser el deleite del numeroso público rockómano (¿?).
El grupo Del Pueblo estará presente con un fragmento de su ópera rock "Posesiva de mí". Narcosis será el primer grupo de la noche. Además, habrá un homenaje audiovisual a los héroes muertos del rock and roll: John Lennon, Jimi Hendrix, Elvis Presley y muchos más.
Para los interesados, la revista Ave Rok dará el 50% de descuento en las entradas al concierto a los primeros mil que presenten el último número de la revista en la tienda Chicama.



El diario de Marka, pág. 21
Miércoles 15/5/85









1 de abril de 2018

FeUDALeS







FeUDALeS





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“Ahora los dejo con los FeUDALeS...”

Wicho García tras su última presentación como cantante de Narcosis en los ochenta. 




FeUDALeS nace como proyecto musical en el año 1986. Lo integraban Fernando “Kchorro” Vial (ex Narcosis) en la voz y guitarra, Luis “Luchín” Haro (ex Pánico) en el bajo y el baterista “Carlos X”, quien a la postre sería reemplazado por Rafael Hurtado de Mendoza (Eructo Maldonado).
El debut oficial se da en el concierto “Rock en Río Rímac II” el 8 de febrero del mismo año, aunque participaron en el concierto del 31 de enero en el local Magia.
En este grupo, “Kchorro” hizo lo que en anteriores proyectos solo se escuchó en temas como “Represión” (Narcosis), o “La Enfermedad” (Autopsia): la creación de un grupo post-punk dark.
FeUDALeS es el primer grupo de la escena post-punk limeña (Voz Propia aparecerá meses después) en recrear el ambiente sombrío propio de este género musical, teniendo como influencia a grupos europeos como Joy Division y Décima Víctima. La maqueta salió editada por “Pasajeros del Horror” a manera de cinta compartida, en el lado A venían los ocho temas del grupo, y en el lado B extractos en clave techno llamado “Paisaje Electrónico”.             




Reseña de FeUDALeS en el fanzine "Pasajeros del Horror" (2. ° número, 1986).








29 de marzo de 2018

NARCOSIS






NARCOSIS



Fotografía publicada en el diario La República en 1985


Fernando "Kchorro" Vial, Jorge "Pelo Parado" Madueño y Luis "Wicho" García
Debut: Pub New Carnaby (06/Octubre/1984)
Despedida: Magia (12/Julio/1985)

Conciertos póstumos
Colegio Los Reyes Rojos (14/Diciembre/1985)
Rock en Río Rímac II (08/Febrero/1986)

PRODUCCIONES

MÚSICA
Género
ROCK

Estilo
POST-PUNK


NARCOSIS ES EL MEJOR GRUPO DE "ROCK SUBTERRÁNEO" DE SU GENERACIÓN
Un ejemplo para las presentes y futuras generaciones









Reproducción del material gráfico de la maqueta "Primera Dosis",
publicada en la última reedición en vinilo (GJ Records, 2017). 










4 de marzo de 2018

VARIOS: La generación perdida (Apu Records, 1997)







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EL BEAT SUDAKA en vivo en el pub El Tarot de Miraflores.
De izquierda a derecha: José Javier Castro (guitarra), Gonzalo Farfán (guitarra), Guillermo Figueroa (batería), Carlos Augusto Chávez (voz), Julio Sanchez (percusión),  Sergio Riglos (teclado) y Luchín Haro (bajo).





En el libro “Alta tensión: Los cortocircuitos del rock peruano” (Emedecé, 2002) su autor Pedro Cornejo considera que en los años finales de la década del ochenta aparece una oleada de nuevos grupos en medio de los dos frentes en los que parecía estar encasillada la escena roquera: el oficial que contaba con apoyo y difusión en los medios de comunicación, y el subterráneo con sus propios recursos. Estos nuevos grupos se presentaban en locales de la época como El Tarot, Sasafrás, Nirvana, Parsifal, La Casona de Barranco y hasta en la concurrida la Calle de las Pizzas. Así generaban una pequeña pero fiel legión de seguidores. Lo interesante de estos grupos era que intentaron establecer nuevas estrategias de producción y promoción de su material, dando primacía a la calidad de su repertorio y al manejo de sus presentaciones, es decir, buscaban darle mayor valor musical al oficio.

“Se fue perfilando así una escena que se desarrollaba a caballo entre el circuito de grupos aupados por los medios de comunicación masiva y el de los recalcitrantes grupos subtes. Surgieron, en ese contexto, bandas oscuras como Cadena Perpetua, ácidas como Humo Rojo, melódicas como Los Inocentes y Papaya Pop, mestizas como Cimarrones y El Beat Sudaka, bizarras como Asesinados por su Arte, junto con otras, como Eructo Maldonado, que inicialmente formó parte de la movida subterránea. La mayoría de estos grupos fueron la semilla de la que saldrían muchas bandas que se convirtieron con el paso del tiempo en pilares del rock peruano de los noventa: Mar de Copas, La Liga del Sueño, Cementerio Club, El Aire, los remozados G-3, etc.” 1

Estos grupos entraban a un estudio de grabación que les garantice las condiciones técnicas para producir sus temas. Uno de los estudios concurridos era el de Miki González. La situación económica recordada por las medidas del gobierno conocidas como “paquetazos” para frenar la desestabilización y una tasa inflacionaria jamás vista en la historia del país tuvo un efecto generalizado. El sueño de llevar adelante una incipiente industria en el sector fonográfico se desvaneció. Incluso el mismo González que gozaba de un respaldo mediático no pudo editar un long play como formato discográfico para su tercer álbum “Nunca les creí” que apareció en 1989 sólo en casete.
El material que aparece en este compilatorio fue el segundo lanzamiento de la disquera Apu Records y reúne varios registros conservados en cintas matrices. Estos grupos ya extintos fueron el verdadero precedente de una auténtica escena independiente que no se hacía tanto rollo en el mensaje ni apelaba a manidas fórmulas para lograr su reconocimiento.
¿“La tercera vía”? La profesionalización musical era su visión.  



1 Cornejo, Pedro (2002). Alta tensión: Los cortocircuitos del rock peruano. Emedecé: Lima, pp. 85-86.







27 de febrero de 2018

EL PUEBLO Y EL ROCK (Conversatorio, 1986)









Volante de la exposición “La esquina es la misma” repartido
en la última edición del festival musical Lima Vive Rock.





    Los días 18, 19 y 20 de agosto de 1986, dentro del marco celebratorio de la Semana Mundial del Folklore, la Municipalidad Metropolitana de Lima organizó un conversatorio sobre música popular en el teatro Manuel Ascencio Segura. El evento estuvo dividido en algunos géneros musicales difundidos en nuestro país: el huayno, el vals, la chicha y el rock. El evento cultural contó con la participación de periodistas, productores, antropólogos y músicos involucrados en el tema.
En la sección dedicada a la música rock y su audiencia hizo su exposición el periodista Álamo Pérez Luna, responsable de la columna “Rock mayor” del diario La República y uno de los difusores del género a nivel de medios escritos como entrevistador y crítico musical. Pedro Cornejo Guinassi, presentado como jefe de redacción de la revista Esquina, participó como panelista.     
Álamo Pérez Luna consideraba que el rock goza de vitalidad, aspecto que debe comprenderse si entendemos que el rock fue y sigue siendo un movimiento musical social generacional y que debe mantener una estrecha correlación comunicativa con su audiencia. 







El pueblo y el rock




“Nacido a principios de la década del cincuenta, como una propuesta de ruptura dirigida contra el rígido sistema de convenciones y modelos puritanos de la sociedad norteamericana, no pudo escabullirse de la lógica del negocio y del consumo capitalistas. Este proceso delinea la ambigüedad en la que siempre ha estado inmerso, que ha llevado alternadamente a catalogarlo como reaccionario o progresista. Sin embargo, su calidad estética y sus logros estilísticos, su apertura hacia la experimentación y la integración de ricas influencias, su capacidad para renovar gustos y romper lugares comunes musicales, lo empinan más allá de la función que se le quiso asignar.

El rock como fenómeno netamente urbano va tomando cuerpo en la década del sesenta y a través de algunos grupos evoluciona y adopta nuevas formas, sin que pueda hablarse estrictamente de una manifestación propiamente peruana. Luego del interregno abierto en los setenta, que podría vincularse a la política cultural del régimen militar, el dinamismo del rock nativo se incrementa durante los ochenta. Este renacimiento no es casual que se produzca ante un país que atraviesa la peor crisis de su historia. Nuevas vivencias y sufridas inquietudes de adolescentes, que ya no pertenecen necesariamente a los sectores medios, afrontan la marginación y la desesperanza, encontrando una veta de expresión en el rock.

Es aún temprano para intentar un análisis totalizador del rock peruano y sus avances musicales. No obstante podemos constatar que ha salido de su encierro social y va ganando una dimensión que antes nunca tuvo. A pesar de su falta de difusión en estaciones radiales y televisoras, que prefieren seguir importando un rock menos sublevante, hoy amplios sectores juveniles optan por un rock en castellano que les habla de sus frustraciones. Pese a su estadío, todavía embrionario, los rockeros del Rímac se van abriendo paso, cimentándose su dinamismo en la existencia de mejores músicos y artistas que cantan e interpretan composiciones próximas a la sensibilidad del muchacho de La Victoria o Breña.

Es iluso pretender que el rock nacional se universalice entre todos los estratos de las nuevas generaciones de este país. El rock nunca ha querido institucionalizarse como la música de todos. Por el contrario, demarcó territorios generacionales y ha posibilitado la convivencia de tendencias. Ello quizá constituya una de las razones de una sobrevivencia espontánea y contradictoria que busca sucesivamente nuevos espacios. Así tenemos desde el rock pesado hasta el ligero. Variaciones que insisten tanto en connotaciones melódicas como subterráneas, búsquedas de fusión con la música andina y otros géneros que nos pueden deparar una consolidación cada vez más creciente.

Muchas voces critican las manifestaciones rockeras por aspectos extramusicales de los grupos subterráneos, como el irrespeto de normas y convenciones sociales, o las veleidades anarquistas de sus letras. Olvidan que juventud es sinónimo de humor, desafío y libre expresión de sentimientos e ideas, vivencias que no pueden ser ahogadas, y que en todo caso, son reales. Otros, maniqueístamente, dividen el mundo de la música entre lo liberador y lo enajenante, en forma por lo demás simplista. El rock es música, es letra, es ritmo, es cambio. Incluso, no es necesario a veces –en el caso del rock– escuchar una letra para interiorizar un cierto sentimiento de ánimo. En ocasiones, el ritmo es suficiente, invitándonos a bailar, desfogar o canalizar tensiones o pulsiones interiores. Obviamente, las letras en castellano promueven una identificación más explícita, más veloz, más simple, si se quiere, sin referencias necesariamente clasistas, sino más bien generacionales. Ello puede desconcertar al que pretende una aproximación esquemática entre rock y sociedad.
Por lo demás, ninguna forma artística con raigambre nació necesariamente con raigambre. Todo canal de expresión fue formando su público, en una interrelación estrecha con ese mismo público. Y el rock nacional va caminando seguramente hacia allí, quizá lentamente, en medio del caos que lo caracteriza, sin un Pink Floyd o un Frank Zappa en el firmamento, y hasta con traspiés y retrocesos.
No basta formular una propuesta musical que transmita a los jóvenes necesidades significativas. La comunicación artística requiere de masas y colectividades proclives a asumirlas. Uno de los límites de la expansión rockera de los grupos nacionales ha sido, indudablemente, la actitud renuente de los medios. Pero también es cierto que durante mucho tiempo los grupos locales creyeron en el camino de la imitación de lo extranjero. No percibieron que sólo el talento y nuevas raíces podían competir con la perfección y adelanto de los nuevos equipos de sonido. Las carencias tecnológicas tendrán que suplirse con creatividad e imaginación. El bloqueo de la radio, la televisión y la industria musical, tendrá que ser remontado con circuitos alternativos y sellos discográficos que evadan el monopolio que impone el mercado de la comunicación.
Pero todo ello no bastará si los grupos se alejan de las ideas, los sentires y necesidades de un espectador que encuentra en el rock una vía de expresión.




FUENTE:
Pérez, Álamo (1986). El pueblo y el rock. En: Huayno, vals, chicha, rock: ¿Música popular peruana? Lima: Centro Peruano de Estudios Sociales (CEPES), pp. 33-36.