21 de febrero de 2019

ROCK SUBTERRÁNEO... reflejos de la nada (1990)



La revista Esquina en su edición doble (9 - 10) publicó un discutible artículo de opinión sobre la escena conocida como rock subterráneo”, donde lo musical había pasado a segundo plano y se había convertido en lugar donde se infiltraron personas ajenas al rock. La crítica iba también dirigida hacia los integrantes de las bandas que, apelando a la intransigencia, no asumieron la responsabilidad que implicaba estar frente a un público que los seguía, ni de sus actos. Sea por el discurso desgastado, la desidia, o el simple aburrimiento; mucho antes de escribirse esta crítica varios grupos ya no se consideraban subterráneos”, no se identificaban con la etiqueta. Ya no formaban parte de eso”. Los autores del texto son Nicolás Morales (guitarrista de Eutanasia), Mario Mendoza (ex bajista de Eutanasia) y Gustavo Ruiz (baterista de Kaos).





EUTANASIA
Foto: Nicolás Morales

TBC

VOZ PROPIA

Fotos: Roc Magnon





ROCK SUBTERRÁNEO… reflejos de la nada


Casi sin percatarnos de su llegada y como por sorpresa, los 90 dieron fin a aquellos cinco o seis años de este “nuevo rock” acarreando de paso, una inevitable interrogante: ¿Qué m… conseguimos en todos estos años?
       Con seguridad podemos afirmar que sólo fue ver y sentir que el proyecto de un movimiento musical “alternativo”, “diferente”, se diluía tras cada iniciativa, luego de cada polémica o finalizado cualquier concierto.
       No se concretó ninguna propuesta valedera, no se alcanzó la solidez necesaria. Y quizás nosotros mismos fuimos nuestros verdugos. Permitimos que la movida se rodee de arribistas, intelectualoides, “lidercillos” y aprovechadores que la utilizaron tratando de aliviar frustraciones generadas en fuentes extrañas al rock subterráneo (de algún modo hay que llamarlo aunque no te guste la etiqueta).
Gente como aquella ejerció, directa o indirectamente, una abierta y perjudicial manipulación de otros jóvenes que pretendía renovar definitivamente su intimidad. Muchos no aparecieron más, abrumados por la confusión, el aburrimiento y la decepción, originados en aquel laberinto de necias disputas, desorden inútil y desorganización. Nadie fue capaz de ayudar a asentarlos, a plasmar sus buenas ideas: todo era criticarse el uno al otro, sin poder justificar válidamente ni siquiera dicha crítica, ellos eran los juzgadores del apocalipsis. Así, el movimiento nació y creció resquebrajado, dividido y elitizado.
       A pesar de esta lamentable realidad, subsiste la estúpida intención de ciertos bobos de uniformizar ideológicamente a los demás, politizándola bajo una especie de partido o alguna aberración semejante; hasta hoy no reparan en que, el que desee imponer sus ideas a otro, lavándole el cerebro, debe largarse a manipular a otro tipo de gente.
       Estos fueron los que aprovechando cierta imagen lograban que algunos se transformaran en carneros o monitos, imitándoles su vestimenta, forma de hablar, caminar, cantar… pensar. Todos esos pseudo líderes vencidos por su cobardía e inseguridad, y aferrándose a sus ansias de dominación, jamás se atrevieron simplemente a mostrarles, a los que recién llegaban a la movida, que eso y esto significaba aquello: interprétalo, analízalo y escoge.
       Incluso abusaron de la sutileza y astucia para manipular.
       A su vez, muchos se tildaron de radicales, marginales… o punks. Debías ser malo, violento para ser un buen “punk”; si tenías demasiados billetes en el bolsillo o vivías en determinado barrio eras burgués, un “pitupunk”. Pobrecillos… pero, ¿quiénes de los que afirmaban eso y se dedicaban a dividir una inestable escena eran verdaderamente marginales? ¿Cuántos de ellos viven en asentamientos humanos, sufren de hambre o frío? Ninguno, pues de ser así no se hubieran preocupado por formar un grupo, integrar un movimiento o grabar una maqueta, su único interés hubiera sido buscar qué comer cada día. Esa gente, la realmente marginada, forma parte de otro mundo, de un mundo ignorado en la práctica.
       Todos esos “radicales” sólo fueron una sarta de babositos que creían que demostrar su resentimiento, a su manera, iban a transformar al sistema.
       De otro lado también estuvieron aquellos que transcurrían en un ambiente impregnado de la más absoluta indiferencia ante lo que ocurría a su alrededor: eran unos niñitos “bien”, los que se preocupan de ir a los conciertos como diversión de fin de semana o alguna discoteca banal. Ellos eran los que estaban desesperados por el “vacilón”, por sus colecciones de discos, polos y casetes.
Algunos los denominaron, como ya referimos, “pitupunks”, y junto a la “otra mancha”, se trabaron en una ruptura irreconciliable que provocó más de una estupidez. Unos y otros son criticables.
       No interesa que alguien sea de una u otra clase social. Que vivas en San isidro o Comas, o que seas cholo, negro, chino, gringo o mestizo. Lo válido era y es tu propuesta planteada con inteligencia y sin limitaciones, sin caer en lo absurdo o pueril. Si ofreces algo que trasciende lo musical (tu grupo puede ser bueno… y qué) pues bacán. Asimismo, es preciso que cuando suban al escenario no lo usen para azuzar o enfrentar a la gente, inclusive, atribuyéndose un liderato absoluto se toman el atrevimiento de pretender sentenciarla “a muerte” solo porque a ellos así les parece.
       Sin embargo, parte de lo expresado, no implica un desconocimiento a la necesidad de lograr un trabajo musical aceptable. No es imperioso ser virtuoso para ser efectivos y contundentes ante quienes te escuchen. Solo saber que, en este caso, el mensaje entra por los ojos y oídos y si se descuida este aspecto cualquier proposición se perderá en el ruido.
       En estos años, tampoco hubo preocupación por plasmar variantes en la temática, la mayoría de grupos basaban su labor lírica en la cuestión política –generalmente puro cliché– o personal, dejaron a un lado a la gente de la calle, al submundo compuesto por putas, vagos, mendigos y travestis. Lamentablemente, olvidamos este entorno.
       ¿Se imaginan, por ejemplo, qué hubiera sucedido si aparecía por ahí alguna banda compuesta por gays o sólo por chicas? Nuestro sexismo, el machismo, nos dan la respuesta.
       Así, ¿Cuál es la verdadera ruptura musical e ideológica del rock subterráneo? ¿Acaso lo es simplemente el hecho de mentar la madre a diestra y siniestra, romper lunas y baños en los conciertos, tocar más fuerte y rápido, incentivar corrientes anarco-comunistas y hasta anarco-católicas? ¿O vestirse como un verídico “punk”, “hardcoreano” y “oscuro”?
       No se pudo romper con nada ya que, con complacencia de un lado, e imposición del otro, aunado a las divisiones, cinismo y otras cosas por el estilo, la caminata hacia un objetivo se hacía con pies de barro.
       Gran culpa es atribuirle a los mismos grupos, sobre todo aquellos que, en determinado momento, representaron une etapa importante dentro de la escena subterránea. ¿Qué pasó con esas bandas que al final solo combinaron desidia, indiferencia, altanería, ansias de liderazgo?
       Dejemos a un lado a grupos como Leusemia, Narcosis o Guerrilla Urbana pues estos plasmaron por si solos su mensaje al ser los iniciadores del movimiento. La responsabilidad –si así la podemos llamar – recayó en grupos como Voz Propia, Kaos, G-3, Eutanasia, etc., a los cuales la gente consideraba, ya sea por sus letras, música, propuesta o impacto en el escenario.
Se desperdició o mal usó ese inmenso poder convocatorio que se desprende de un micrófono, poder peligroso con el cual se logró únicamente mayor desazón. El silencio o la torpeza para dirigirse al público fueron los símbolos del “micro”.
Como resultado de todos estos “fenómenos”, tampoco se pudo sostener una producción  constante de maquetas, fanzines o cualquier otro signo de perseverancia; la organización de conciertos se hizo cada vez más difícil. Aparte de la crisis económica, siempre estuvieron los que se dedicaban a destruir equipos, locales, etc. Poco a poco los lugares para tocar se fueron cerrando. Era increíble ver que la misma gente que quería un concierto propiciaba la limitación de ellos con sus actitudes.
       Esto deriva en dos cosas: que no es inaceptable que un grupo pueda “comercializarse”, llegando a mayor cantidad de público, editando un disco o escuchándose por la radio, siempre que no se someta, no se humille para alcanzar aquello. Todo el valor de su trabajo se perdería cambiando letras, música y propuesta. Si quieren hacer eso que dejen este circuito y que se prostituyan como lo hacen los grupos sosos.
       Lo segundo es la responsabilidad que debe tener quien asiste a un concierto. ¿Emborrachándose y drogándose para ir a joder? De ellos depende que la madurez alcance a los que apenas conocen la movida. Asimismo, deberían procurar no llenar las arcas de los mercantilistas de la música, sea de aquellos que te explotan vendiéndote un casete, o de los “organizadores” de conciertos. Todos nos conocemos y sabemos quién es quién.
       Bien, como tantos otros artículos, este será uno más. Pasará por tu cabeza, sin retener lo que quisimos decir, pero nos dimos el gusto de decirte algo.


Gustavo, Niko, Mario.



FUENTE: Gustavo Ruiz, Nicolás Morales y Mario Mendoza (1990). Rock subterráneo… reflejos de la nada. En: Esquina (9 – 10), pp. 42 – 43.

17 de febrero de 2019

RÍMAC, 17 DE FEBRERO (ALTERNATIVA, 1985)





Un domingo como hoy, hace 34 años, el municipio del Rímac organizó un concierto en plena calle llamado ROCK EN RÍO RÍMAC que el tiempo y las historias creadas por el público que la vivió le dio el caracter de mito urbano, alimentado por la represiva forma en que acabó. Ese fue el colofón de la gradual agitación que concitó en el público de esos lares y demás visitantes la música estridente de los rockeros subterráneos.

A la ya conocida crónica escrita por Óscar Malca meses después en La República, presentamos la escrita por Pedro Cornejo (usando el seudónimo de Pedro Solano), publicada en el segundo número del fanzine ALTERNATIVA.  Ese día fue el debut de su grupo Guerrilla Urbana.





ROCK EN RÍO RÍMAC
En primer plano Leo Escoria, bajista del grupo Leusemia
Fotografía: Renee Vargas







Rímac, 17 de febrero


    ¿Aló, cuñau? Hola, oye, mañana hay concierto en el Rímac.
     ¿Cómo es?
     Va a haber de todo, pero han invitado a Leusemia y Kola Rock y la huevada es que en el espacio de ellos toquen también Zcuela CerradaGuerrilla Urbana y Narcosis.
      Buena voz, y ¿a qué hora es la huevada?
     Hay que estar ahí a eso de las siete de la noche, pero la nota es encontrarnos con la gente en el Orrantia, ir juntos a casa de Montañez y de ahí salir para el concierto.
      Ya. Nos encontramos entonces a las cinco y media en el Orrantia.
      Sale. Nos vemos ahí.


….



Cine Orrantia. Cinco y cuarto. Llegó Pedro, Susi y José. En la puerta del cine: Cachorro, Pelo Parado, Silvio, Wicho, Leo, un pata de Silvio. “¿Falta alguien?”. “No, ya estamos todos. Vamos, hay que tomar el Naranjal”. Hace sol y recordamos que estamos en carnavales. Pensamos: uy, la cagada, el Rímac debe ser una mojadera de los cojones. Ahí viene el micro. Trepamos. Nos apoderamos del centro del micro. Conversaciones. Rememorando el concierto del viernes en el No Helden. De repente el primer globo nos recuerda el carnaval. Sin novedad. Una ventana está rota. Otra no existe. Puerta abierta para el agua. Nos acercamos a lima. Puente Santa Rosa. Rímac. Una mancha de gente al borde de la pista en actitud de ansiosa espera. Inminente chaparrón. Viene. Todos mojados. Otro baldazo. José y Susi totalmente mojados. Francisco Pizarro. Bajamos a tropezones. Ya abajo: “vamos a casa de Montañez”. “¿Estás huevón? Mira las calles, están llenas de gente con baldes”. Y con pintura. “Vamos de frente al concierto y ahí esperamos”. De frente por Tarapacá. Allá vamos. Globos que, espaciadamente, siguen cayendo. Llegamos.

     En el estrado levantado en plena calle ya están los equipos e instrumentos. Solo falta la batería. Por ahí vemos al compadre que le pasó la voz a Daniel y a Kilowatt. Leo le propone par que toquen Zcuela, Guerrilla y Narcosis. El pata se niega rotundamente. La cagada. Cachorro lega con cuatro chelas. Empezamos a chupar al pie del estrado. Siete de la noche. “¿Qué hacemos? ¿Nos quitamos o esperamos?”
“Hay que esperar que llegue Montañez para que hable con el pata”. Tensa espera apaciguada por el frescor de la cerveza. Llegan Daniel, Kimba, Edwin y otros patas. Les contamos. “Ni cagando”. Nuevas conversaciones con el mismo resultado. Llega Montañez. Y llegan también oleadas de gente. Cientos y cientos de rimenses empiezan a apoderarse de la doble vía. Ocho de la noche. No llegan los grupos que debían iniciar el concierto. Ya está ahí la batería. Y el público sigue incrementándose. Medio millar, un millar. Las circunstancias obligan: el mismo pata que se había negado pide los nombres de nuestros grupos. “Ya, que arranque Zcuela Cerrada”. Buena voz. Edwin y compañía suben al escenario. Acomodan el sonido. Parece que comienza.
El anunciador indica: ROCK EN RÍO RÍMAC. Risas. “Con ustedes, Zcuela Cerrada”. Nos arremolinamos a un costado de la pista, muy cerca del escenario. El sonido duro y directo de la banda llena el ambiente ya nocturno. “Ansias de loco burdel ¿qué se desata?... Mierda que asoma su hez, ¿a quién desangran? ¿Así lo tengo todo que hacer? ¿Así lo tengo todo que hacer?” (Loco burdel). La voz de Edwin, potente y densa, hace sentir la desesperación inherente a esa pregunta que nos hacemos todos.
La respuesta del público no se hace esperar. Iniciamos un pogo –baile a empujones– que sorprende al público ahí presente. No falta un viejo al que le molesta esa vibración. Pide explicaciones. Nadie se las da. Zcuela sigue tocando: Conoces lo que te gusta y En medio de todo. El público, desacostumbrado a este tipo de música excesivamente cruda, queda perplejo. Pero la música los ha tocado y la vibración en cualquier momento puede desatarse.
     Después de Zcuela suben otras bandas cuyo nombre no recuerdo, probablemente por la indiferencia de su música. Los tragos corren de un lado para otro sin parar. Alguien dice: “GUERRILLA URBANA toca cuarto”. Pedro, José, Leo y Kimba se aproximan al escenario. Ensayos previos en silencio. Debut. Algunos nervios en José y Pedro. Los organizadores anuncian: “No hay connotación política alguna en este grupo”. La policía ya está ahí. El público espera. La banda sube. Nuevamente nos arremolinamos. Comienza la música. Tremendamente fuerte y agresiva, y rápida, muy rápida. Leo y Kimba marcan la base rítmica. La guitarra arremete con una violencia que no cesa. Y la voz ronca del vocalista que vocifera: “Tú solo dices mentiras, eres la falsedad, eres una mierda, yo solo quiero verdad. Eres solo una pose” (Eres una pose). La música y la letra, muy simple y directa, ejerce un impacto favorable en el público. El pogo ya no es solo jugado por nosotros: el grueso del público se suma a él. La gente se ha puesto en movimiento y la vibración latente ha explotado definitivamente. Un ambiente de intensidad se apodera de la noche. La noche de una ciudad muerta pero que vive un tiempo de excitación. “Vivo en una ciudad muerta, vivo en una ciudad muerta” vocifera el cantante de la banda en el segundo tema tocado, apoyado por una demoledora guitarra que aún con errores deja bien establecida su fuerza, más aún por el apoyo, incesante, compacto y preciso del bajo y la batería. La gente sigue en efervescencia. La cosa está saliendo mejor de que lo pensaban los Guerrilla. Y todavía hay espacio para un tercer tema: Quiero Anarkía, con el cual se cierra una actuación resueltamente desencadenante. El final llega con muchos aplausos. Un debut bastante bueno.
     El público se ha disparado y ya no parece necesitar de ningún incentivo para continuar así. Los siguientes grupos son más o menos aburridos, cantan en inglés o en castellano, pero el público igual está ya lanzado. El pogo persiste incrementando cada vez más su dosis de violencia y energía. Cuando LEUZEMIA sube al escenario, solo tiene que mostrar su revulsivo sonido para que la trifulca llegue a sus más altos niveles. Y Daniel la enciende así: “Y ahora a patearse todos la cara”. La música comienza y el pogo también. Al compás de las rítmicas detonaciones de la banda, la gente siguen expandiendo su energía y agresividad as lo largo de la pista. Nada, ni las exhortaciones de los organizadores, puede detener este vendaval humano que, al ritmo de la música, se ha generado. Los temas de Leuzemia se suceden sin parar y el chongo también. Por momentos pareciera que se van a armar broncas por todos lados. Pero la cosa se mantiene en un nivel de juego y de vacilón notables.
Pero algo tenía que venir a malograr una noche que hasta ese momento era brillante. Alguien dice por ahí: “Óscar se ha roto la pierna”. En el fragor del pogo, una mala caída, un pendejo pisotón quizá y la cagada. Guillermo se lleva a Óscar a algún hospital. La preocupación se troca en tensión. Leuzemia termina de tocar pero el ambiente está a punto de explotar en algo peor. No se sabe en qué. La energía positiva empieza a volverse negativa. Suben otros grupos, entre ellos Del Pueblo. La música ya no tiene mucha fuerza, pero la tensión crece y la hora avanza: once de la noche. La actuación de NARCOSIS se retrasa por un motivo u otro. Cachorro ultratenso por lo de Óscar.



NARCOSIS, los protagonistas de la noche
Foto: Archivo de La República


Óscar Malca, el accidentado de la jornada
Foto: Renee Vargas


Cuando termina Del Pueblo por fin sube Narcosis. El pogo continúa y el público sigue enfervorizado. Quiere más intensidad. Y la música de la banda se la da de lleno. Hemicirco y Represión con un sonido ya deteriorado, sin embargo, aumentan la agitación y el revuelo. Nadie sabe ya en qué puede acabar esto. Pero la participación y entrega del público ha sido memorable. Tanto que Wicho cree que es buen momento para inundar la noche con el tema más provocador y explosivo de la banda: SUCIO POLICÍA. La gente reacciona violentamente: los coros son vitoreados por el público: “Sucio policía verde, actúas por conveniencia, defiendes la decadencia, te vendes por dinero, eres más sucio que un perro” (Sucio policía). Pero esto ya era ir demasiado lejos en la provocación, más aún cuando los policías se hallaban en las inmediaciones. Cuando la canción ya había pasado más de la mitad, algunos movimientos indican desconcierto. De pronto la policía irrumpe por detrás del estrado y toma el escenario. Otra vez, Narcosis es interrumpido. Pero ahora la cosa es más seria. Wicho, Cahorro y Pelo Parado se escabullen. Nosotros los esperamos. Repentinamente se oyen dos disparos al aire. El desconcierto y el temor crecen de golpe. A correr. José, Susi, los Narcosis, Edwin, Pedro, Silvio, etc. emprenden la huída por una calle adyacente. No hay tiempo para preguntas o dudas. Hay que alcanzar una calle donde se pueda obtener movilidad. Nos cruzamos con gente que se retiraba del concierto. Comentarios contradictorios. Alcanzamos Francisco Pizarro. Los ojos atentos hacia todos lados. Ya estamos cerca del límite del distrito. Edwin indica “Hasta aquí nomás pueden ir los tombos”. La tranquilidad empieza a volver aunque los nervios persisten en muchos casos. “La 73 ahí viene”. Subimos todos. Por fin. “La represión se ha desenmascarado”. “Qué tal roche”. El micro surca las avenidas del centro, luego Lince. La noche se va despidiendo dejando en todos la sensación de haber vivido una experiencia inolvidable”.


PEDRO SOLANO





FUENTE: Solano, Pedro (1985). Rímac, 17 de febrero. En: Alternativa (2), pp. 13-14.